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miércoles, 18 de febrero de 2009

"Y en esperar que pasen los tres años, el tiempo nunca pasa"

Siguiendo con la carta amorosa, este epistolario de Juan Rulfo a Clara:

Se trata de un compendio de cartas amorosas que le escribe Juan Rulfo a Clara Aparicio, su mujer de toda la vida. Poco a poco, mientras cada una de las 81 cartas van pasando, refulgen también otras preocupaciones, como el trabajo y el dinero. Pero dos cuestiones resultan sorprendentes de este epistolario cuidado. La primera tiene que ver con la historia de este amor: él tenía 27 años cuando le pidió su mano; ella, 16. Ella le pidió que esperara tres años para ser novios; él aceptó. Los tres años interminables pasaron –muchas de las cartas son de este desierto- y fueron novios, se casaron, fueron padres. Lo segundo que llama la atención es sobre estrategias de edición del epistolario: cualquiera que lea una historia amorosa requiere que ésta tenga un final feliz; cuando el problema es la distancia, uno desea que ellos se encuentren... (Para leer la reseña completa, aquí)

miércoles, 27 de agosto de 2008

Nosotras, presas políticas (1974-1983)

Viviana Beguán (coord.)
Buenos Aires, Nuestra América, 2006

Por M. N.
En el libro Tiempo pasado, Beatriz Sarlo arremete contra el testimonio como fuente privilegiada para construir la historia. Y si, para Sarlo, se debe señalar una historia empoltronada en el testimonio, ésa es la historia de la militancia de los años 70 en la Argentina. Nosotras, presas políticas es justamente eso: un libro hecho de testimonios que narra en primera persona (sólo enunciados referidos directos) la experiencia de 112 prisioneras políticas en el penal de Villa Devoto entre los años 1974 y 1983.
El libro estructura a partir de un orden cronológico, por un lado, y por según los géneros, por otro. Relativo al orden cronológico, cada capítulo está encabezado por el año al que se referirán los testimonios de ese apartado; a la postre, se agregan poemas, dibujos y cartas fechadas en ese año. Relativo al ordenamiento por géneros discursivos, el cuerpo principal del libro focaliza en el testimonio, mientras que en un cd adjunto se despliegan quinientas cartas tipeadas.
Resulta interesante contrapuntear el testimonio, relato personal que se hace después de tantos años (“La memoria es una construcción, ya se sabe. Además, selecciona cuidadosamente los recuerdos” dice una de las testigos antes de arrancar su relato), con el de las cartas. Esto, porque permite tensar estos dos géneros del yo que exhiben, en varia medida, caracteres antagónicos: la carta es contemporánea al suceso mientras que el testimonio es evocatorio; el testimonio magnifica su discurso a la búsqueda de un auditorio universal mientras que la carta es íntima. Sobre este último punto, la carta de cárcel tiene la particularidad de prever un doble enunciatario: el familiar y el censor. De hecho, uno de los testimonios recrea un pequeño fragmento de una de las cartas de Yeya, presa política: “Espero que al censor o a la censora no les parezca mal esta expresión, pero ellos saben mejor que nadie lo que ocurre en el penal y sé que en el fondo comprenden y no están de acuerdo con sanciones tan largas. Los saludo a los censores y espero que no paren demasiado nuestra correspondencia.”

Se supone que debería comenzar con un cierto orden de prioridades dado por las preguntas relativas a los chicos, Naná y vos. Pero no, empiezo por jugar con vos, que es una manera —como cualquier otra— de continuar nuestras charlas de siempre. Por ej: retorno el planteo que le hacía a Martha en una carta, ¿te acordás? Le decía que el momento en que yo escribo es presente para mí pero no existe para ella; cuando mi carta le plantea el diálogo, es su presente que yo desconozco pero que entreví como futuro mientras escribía. Finalmente, ella, mi lectora, lee mi presente como un pasado. Todo esto me trae la imagen de una lanzadera que tendiera infinitos hilos invisibles en cuya toalla cabe la realidad de un rato compartido, más allá de cualquier coordenada témporo-espacíal. Si me atengo a la vena pesimista, todo se constituye en un soberano desencuentro. Si me aferro a la magia de lo que nuestras manos y nuestras vidas hacen, creo en la posibilidad de este encuentro irrebatible. Entonces, tarde nublada y húmeda de esta primavera porteña, invento un rincón cualquiera para los dos, y me acomodo como tantas veces a tu lado, con mate y puchos. No quiero tocarte: tu piel podría suscitarme, o mejor actualizarme, la necesidad de otras “secretas ceremonias de interiores” que ninguna carta, ningún sueño, podría satisfacer.



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viernes, 22 de agosto de 2008

Abrazo tierno:

Cartas desde la cárcel
Antonio Gramsci
Buenos Aires, Nueva Visión, 2005

Por M. N.
La compilación de sus cartas de cárcel conforma la misma serie de la de sus cuadernos. Es que, de hecho, la mayor parte de su vida activa de producción política e intelectual fue dentro de esas paredes.
El libro exhibe las cartas íntimas que van desde noviembre de 1926 hasta enero de 1937. Todas están dirigidas a los miembros de su familia –madre, esposa, cuñada, hijos, etc.; de todas, éstas, las más copiosas son las que les envió a su cuñada Tania, hermana de Yulka, su mujer. También hay, sobre todo al final del libro, las de la época en las que sus hijos, Delio y Giuliano, ya se volvieron grandes y pueden leer por sus propios medios.
La particularidad de las cartas de Gramsci se basa, entre otras cuestiones, en la evidenciación del doble enunciatario del discurso epistolar carcelario: se dirige a su familiar y a su censor al mismo tiempo. Pero aun así, las cartas son concebidas por el propio Gramsci como el pan para el hambriento. Necesita de ellas, las pide, las exige con insistencia. La necesidad de escribir cartas permanentemente a partir de una cotidianeidad tan monótona lo lleva a inventar referentes permanentemente, que eludan la constante de las cuatro paredes y las enfermedades que lo aquejan.
Otro tema es el terror a la mentira por carta: la imposibilidad de comprobar lo que se dice lo lleva a elaborar análisis como el científico con su corpus (para luego solicitar ratificaciones o rectificaciones). Tanto es así que en alguna de sus cartas hace alarde del sistema empleado a partir del trazo ajeno:
Yo leo tus cartas repetidas veces. Las primeras, como se leen las cartas de quienes nos son más queridos, diría “desinteresadamente” o sea, con el solo interés de mi ternura hacia ti. Luego las releo “críticamente” o sea, para tratar de adivinar cómo estabas durante el día en que pudiste escribirme, etc. Observo también la letra, la mayor o menor seguridad de la mano, etc. En suma: de tus cartas trato de extraer todas las indicaciones y significaciones posibles (251).
Las cartas a su mujer son las más complejas. Existe allí una permanente tensión en función a la idea de “diálogo”: Gramsci le reclama permanentemente que se comunique. Pero también, así lo dice, hay defecto propio, sobre todo derivado de las elisiones que provocan las condiciones de tener que escribir en un tiempo determinado por el sistema. La educación de sus hijos es otro de los tópicos de estas cartas a su mujer.
Tatiana Schucht, hermana de su mujer, pareció dedicar su vida a preservar lo más posible a Gramsci de los sufrimientos de la cárcel. Y también fue la atesoradora de su herencia literaria de cartas y cuadernos.

Queridísima Yulca

Para hacerte reír quisiera escribirte una carta estrictamente profesional llena de pedantería desde la cabeza hasta los pies, pero no sé si lo lograré. La mayoría de las veces soy pedante sin proponérmelo. Me he fabricado un estilo de circunstancias, obligado por la presión de los acontecimientos acaecidos durante esta década de múltiples censuras. Quiero contarte un “pequeño” episodio para hacerte reír y hacer que comprendas mi estado de ánimo. Cierta vez, cuando Delio aun era pequeño, tú me escribiste una carta muy graciosa, en la que querías demostrarme cómo el pequeño se iniciaba en la... geografía y en la orientación: Me lo describías en la cama, tendido de norte a sur. Los que le hablaban, como en dirección a su cabeza, eran los pueblos que atan perros a sus carros. A la izquierda estaba la China; a la derecha estaba Austria, las piernas señalaban la Crimea, etc. Para poder recibir esta carta tuya tuve que discutir más de una hora con el director de la cárcel, que maliciaba quién sabe qué mensajes convencionales. Tuve que discutir —se comprende— sin haber leído nada aún, tratando de adivinar a través de las preguntas, qué era lo que tú me habías escrito y qué quería decir todo aquello.


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jueves, 31 de julio de 2008

La carta o la vida:


El lugar perdido
Norma Huidobro
Buenos Aires, Clarín-Alfaguara, 2007

La novela se abre con un anclaje del espacio y del tiempo en el que ocurre: Villa del Carmen, Jujuy, enero de 1977. A este pequeñísimo pueblo de provincia, con el calor que cala los huesos, llega un tal Ferroni, enviado por el aparato represivo de la dictadura argentina, para buscar un dato, un solo dato. Lo que quiere es saber dónde está Matilde, que un día se fue a vivir a Buenos Aires y se enamoró perdidamente de José Luis, ferroviario, gremialista. El enigma de la novela ganadora del Premio que otorga el diario Clarín de Buenos Aires es ése: si Ferroni lo conseguirá o no lo conseguirá. Marita, amiga de siempre de Matilde, es su señuelo, y mucho más considerando que en pocos días más será el cumpleaños. Matilde, desde donde esté, se acordará de saludar en forma de carta a su amiga, la que se quedó en el pueblo perdido de provincia, la que no conoció varón.
Ferroni quiere la carta que va a llegar, la necesita, es su tarea indigna. Pero más que la carta quiere el sobre, aquel aparato para-epistolar que le permita dar cuenta de dónde está Matilde y, a través de eso, saber donde esta su amante.

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lunes, 21 de julio de 2008

Cartas a Moreno:

Jorge Goldenberg
En Teatro completo I, Buenos Aires, editorial Colihue, 2005

M. N.
El libro compila cuatro otros textos dramáticos, además de Cartas a Moreno . Ésta, según refiere el libro antes del comienzo de la obra, fue estrenada en en los estertores de la llamada “Primavera Democrática” argentina, el 15 de octubre de 1987 en el Teatro Payró de Buenos Aires. La dirigió Felisa Yeny y la interpretó, entre otros, Javier Daulte.
El texto propone una obra en construcción. Las primeras anotaciones indican que “mientras ingresan los espectadores, los actores ajustan los últimos detalles escenográficos del ámbito en el que se desarrollará la representación.” La ficción histórica que está dentro de esta ficción dramática son
las cartas que María Guadalupe Cuenca le envió a su esposo, Mariano Moreno, cuando ya se hallaba en alta mar rumbo a Inglaterra. En realidad, aunque su esposa escribiente no lo sabía, ya Moreno estaba muerto de muerte dudosa.
El texto propone a los actores en un papel desdoblado: como ellos mismos y como personajes históricos: el propio Moreno; su mujer, Mariquita; el Presidente de la Primera Junta de entonces, enfrentadísimo a Moreno y a los liberales morenistas, Cornelio Saavedra; una inglesa de fantasía. Estas cartas, el nudo del asunto, están rodeadas por aclaraciones vastas que hacen los personajes revestidos de actores o de tales personajes históricos. Entonces, este texto dramático podría tomarse como las cartas a Moreno, que, como se cita a viva voz, fueron encontradas para realizar esa obra de teatro en el libro de
Enrique Williams Álzaga, acompañadas de numerosas citas al pie, orientaciones paratextuales. Éstas funcionan como aclaraciones históricas, terminológicas e idiomáticas; también, en muchos casos, esas notas son discutidas entre los mismos personajes/actores de cara al público, como en una mesa redonda de un comité.
Jorge Goldemberg nació en San Martín, provincia de Buenos Aires, en 1941. Además de dramaturgo de larga carrera, fue guionista de, entre otros filmes, Plata quemada y La película del rey.

Myriam —quien encontrara el libro con las cartas— no ha dejado de llorar durante la lectura. Alejandra se dirige al público.
ALEJANDRA: María Guadalupe las escribió desde su casa, en la calle de la Piedad , entre la de la Catedral y la del Empedrado...
JAVIER: (Al público.) Bartolomé Mitre, entre San Martín y Florida...
DANIEL : (Al público.) ... sobre la acera que mira al este...
RUTH : (Al público.) ... Banco Santander, Banco Patricios, Banco Tornquist, Banco Provincia...
GABRIEL : (Al público.) Entonces pensamos...
MYRIAM : (Moqueando, al público.) Yo pensé primero...
JAVIER: (Al público.) . . .Y nosotros después, pensamos que tal vez.., tal vez a partir de esas cartas, pudiéramos encontrar un hilo que nos acercara... siquiera una hebra..., aunque más no fuera sentimental...
ALEJANDRA: (Interrumpe.) ... melodramática...
RUTH (Al público.) Una imagen más concreta en el corazón.
DANIEL (Al público.) Era tan joven esa muchacha...
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domingo, 13 de julio de 2008

Los tiempos que corren:

Cartas a mamá desde el infierno
Ingrid Betancourt / Mélanie y Lorenzo Delloye-Betancourt
Buenos Aires, Grijalbo, 2008


M.N.
A pesar de la altura del siglo, algunas cosas importantes parecen todavía resolverse por carta. La prueba de vida de la, por largo tiempo, más famosa secuestrada de la guerrilla colombiana, debió salir de su puño y letra, moldeada en un papel, y con las marcas retóricas más tradicionales de la carta: 1. el lugar y a fecha (“mañana lluviosa, como mi alma / Selvas de Colombia Miércoles 24 octubre / 8:34 am”); 2. el destinatario explicitado en el encabezado (“Mi mamita adorada y divina de mi alma”); 3. la primera y, sobre todo, segunda persona marcada (“todos los días me levanto dándole gracias a Dios por tenerte”); y 4. la firma al pie (“Ingrid Betancourt”). El cuento de esta larga carta -medio cerrada, medio abierta- dice que este “manuscrito –según reza el prólogo del libro referido-, una docena de páginas escritas con una caligrafía regular y puntiaguda, acompañada de un video y de fotos (como la que aparece en la portada), fue confiscada tras la detención de guerrilleros en Bogotá”. También advierte el prólogo que se trata de “la primera versión íntegra y autorizada de dicho documento”. Pero, ¿de quién es la voz de la secuestrada?
Se trata, ya se sabe, de la carta que le envió en papel Ingrid a su madre y, a través ella, a sus hijos, y la respuesta que éstos le envían en forma de relato a través de las ondas sonoras de la radio que ella escucha cautiva. Al final del libro se agrega como apéndice una lista de los secuestrados (a abril de 2008, mes de la edición, sabiendo como se sabe que esta fecha es muy importante). La primera carta, la más larga, la de Ingrid a su madre, se sostiene con, al menos, tres tipo de enunciatarios previstos: la explicitada madre y, a través de ella, sus hijos, sobrino, esposo, ex-esposo, etc; un auditorio universal (como muchas de las misivas que bordean la proclama); y, también, la censura (“Escribo en español para no crear suspicacias que dificulten el tránsito de esta carta”). Esto último, el problema de los idiomas para Ingrid y su madre Yolanda Pulecio, resulta más que suspicaz: el castellano, para ellas, es el idioma de lo público (carta abierta); el francés, de lo privado (“Si algo me quieres comentar por radio que sea personal, dímelo en francés para que yo capte de qué me vas a hablar, y sigues en español”).
La respuesta (la correspondencia) a esa larga misiva también fue en forma de carta, pero ya no en papel sino a través del aire que emitía el programa radial “Las voces del secuestro”. Fue leída por Lorenzo, su hijo, y explicita la ambigüedad de la epistolaridad: proximidad (“Y de pronto, ahí estabas. Tan próxima, tan cerca de nosotros. Leyendo tu carta, encontré tu voz”) / lejanía (“Pero no puedo verte, no puedo tocarte, no puedo sostenerte para reconfortarte”). Su carta, en relación a la de Ingrid, restringe los enunciatarios a dos: su madre y el universo. De este lado, en el mundo libre, no hay censura. Por eso se despacha contra los poderes enemigos, como las propias FARC o los gobiernos cómplices del cautiverio (el presidente colombiano Álvaro Uribe, sin ir más lejos).
Como tópico de las cartas de amor, y exagerado en las cartas de cautiverio (secuestro, como este caso, pero también de cárcel, de guerra o de exilio), la utopía que propone es que el mismo deje de exisitir, que no tenga necesidad de ser dicho, el fin del mensaje, porque los cuerpos vuelven a estar juntos (“No más mensajes, no más teléfonos, no más distancias, no quiero que exista ni un metro de distancia entre tú y yo”).
A diferencia de la gran mayoría de epistolarios célebres, la edición de este libro es contemporánea a sus protagonistas, a sus incontables publicaciones en medios masivos y réplicas en radios y televisión. Como se ha dicho, el prólogo subraya que se trata de la carta íntegra y autorizada, no de la destreza de un cazador furtivo de textos íntimos.
Pero, ¿qué aporta el libro si ya todo se sabe? Es que quizá a todo el mundo le guste reflejarse en el bronce bibliográfico. Y conociendo el final de la película, luego de la liberación de Ingrid Betancourt, el pequeño libro trepó al espacio encumbrado en la topografía de las librerías, ganando privilegios en las mesas más próximas al acceso, allí donde todos los libres eruditos salen a pasear.

Como te decía, la vida aquí no es vida. Es un desperdicio lúgubre de tiempo. Vivo, o sobrevivo, en una hamaca tendida entre dos palos, cubierta con un mosquitero y con una carpa encima, que oficia de techo, con la cual puedo pensar que tengo una casa. Tengo una repisa donde pongo mi equipo, es decir el morral con la ropa y la Biblia que es mi único lujo. Todo listo para salir corriendo. Aquí nada es propio, nada dura, la incertidumbre y la precariedad son la única constante. En cualquier momento dan la orden de empacar y duerme uno en cualquier hueco, tendido en cualquier sitio, como cualquier animal.



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viernes, 11 de julio de 2008

Cartas de color violeta:

Las intermitencias de la muerte
José Saramago
Buenos Aires, Alfaguara, 2005


Por Karina Echevarría
La muerte reflexiona frente al sobre violeta que está a punto de enviar. Esta muerte caprichosa, muy humana, elige las cartas por encima de cualquier otro medio de comunicación con los mortales, quizás justamente porque es tan humana.
En la novela de Saramago aparecen las cartas de la muerte dirigidas al director de la cadena principal de televisión, anunciando sus nuevas formas de acontecer, y al director de un periódico amarillista que ha tenido la osadía de corregir su manuscrito. Amenazante, filosófica por momentos, pero fundamentalmente cambiante y voluble esta muerte buscará nuevos caminos para llevar adelante su tarea.
No podremos – por ahora – leer, sin embargo, las otras cartas que recorren el texto. Cartas que causan sorpresa, estupor, ansiedad, miedo, las miles de cartas escritas en papel violeta y en sobres del mismo color. Ellas son más que un medio de comunicación, ellas marcan un plazo para la llegada de la muerte, un mal que se descubre necesario, imprescindible.

…Hay que actualizar los medios y los sistemas, estar al tanto de las nuevas tecnologías, por ejemplo, utilizar el correo electrónico, he oído decir que es de lo más higiénico, que no deja caer borrones ni mancha los dedos, (…) de cualquier modo tenemos mucho tiempo para decidir, están apareciendo nuevos modelos, nuevos designs, tecnologías cada vez más perfectas, tal vez un día decida experimentar, pero hasta entonces seguiré escribiendo con pluma, papel y tinta, tiene el encanto de la tradición, y la tradición pesa mucho en esto de morir.
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lunes, 7 de julio de 2008

Secretario de secretarias:

El corresponsal moderno
J. M. Jan y R. Ollúa
Buenos Aires, Academias Pitman, 1982

La investigadora Nora Bouvet escribe en el volumen de “La enciclopedia semiológica” dedicada a la escritura epistolar: “El término ‘secretario' tiene una triple acepción de persona, libro y mueble; es la persona que escribe cartas para otro, el libro manual para la escritura de cartas y el mueble donde se escriben. Los tres sentidos están etimológicamente ligados al secreto ( secretum ) de la escritura epistolar. (Buenos Aires, Eudeba, 2006, p.129). Las Academias Pitman publicó con éxito el secretario llamado El corresponsal moderno para uso de los/as secrtarios/as, de carne y hueso. A manera de prólogo, el libro explicita los objetivos de la obra: “ Al estudiante de correspondencia: Le ofrecemos un curso que lo capacitará ampliamente en la obtención de un buen estilo comercial, propio y adaptado a las exigencias actuales.” El libro asiste de manera preceptiva a través de la reproducción de cartas tipo: Pedido de mercadería en consignación, Contestación favorable a un pedido de mercaderías en consignación, Contestación negativa a un pedido de mercaderías en consignación, etc. Por supuesto que se agregan ejercicios prácticos a cada final de capítulo: “Ordena devolución de consignación: Escríbale al consignatario Sr. Lucas Arregui de la ciudad de Rosario para pedirle que le devuelva las mercaderías que Ud. le envió en consignación.”.

Los temas de ejercicios le guiarán ahora para que se acostumbre a redactar cartas de buena forma. Debe tener la suficiente iniciativa para variar el estilo y poner en su redacción una cierta personalidad propia. Los temas dan las ideas, señalan el camino y orientan la imaginación. Al desarrollar los primeros, es conveniente no excederse en el empleo de párrafos propios, sino limitarse con preferencia a los indicados, para familiarizarse con los términos generalmente usados e ir adoptando paulatinamente el estilo comercial.Hay reglas fijas, para la buena presentación y estética de las cartas; aplíquelas escrupulosamente en sus ejercicios, como si estuviera en una oficina haciendo un trabajo importante.Las cartas fueron confeccionadas con distintas máquinas de escribir para que vea ejemplos auténticos.


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sábado, 28 de junio de 2008

Instrucciones para amar


El corresponsal del amor

Héctor de Courtenoy
Buenos Aires, Caymi, 1968

En los tiempos de las cartas, los secretarios abundaron como un manual de usuario de misivas. Éstos tenían una estrategia basada, fundamentalmente, en la reproducción: muchos y muchos ejemplos ordenados por tipos. Por lo general, se trataban de manuales de correspondencia administrativa para secretarios/as, valga la redundancia.
Pero no sólo para la producción de cartas de índole administrativo se produjo cierta bibliografía preceptiva sobre la correspondencia. También para el orden íntimo, amoroso, se editó una profusa cantidad de manuales. Uno de éstos fue El corresponsal moderno , que ya en el prólogo exhibe una somera teoría de la misiva amorosa: “Cuando dos enamorados están lejos el uno del otro o por cualquier otra razón se hallan imposibilitados de verse personalmente, deben recurrir a la vía epistolar para comunicarse. (...)Una carta de amor, es un canto y por ello, en la misma no deben recurrirse a ninguna expresión que podrá ser muy literaria, pero, no expresión sincera de la adoración que se siente por la persona amada, aquella destinataria de la epístola.” Luego, el libro se basa en una serie tipos de cartas amorosas, encabezadas por pequeños títulos, que orientan la elección: Carta a una mujer, pidiéndole ratificación de su amor; Carta de un corredor de comercio a su novio; Carta explicando una demora, etc.
Al leerlo, uno encuentra que resultaría difícil aplicar dichas cartas a tipos textuales , ya que se tratan más bien de micro-historias ligadas al arte amoroso. El uso práctico por parte de los lectores necesitados de instrucciones para este tipo de relación epistolar está alejado. Parece más próximo a un entretenido tipo de relato ficcional, construido a partir de la matriz epistolar.


Carta a un novio, con reproches
Buenos Aires, ...........................................
Querido Beto:
Hace una semana que no se te ve por casa. Entiendo que “tus muchas ocupaciones” te impiden venir y espero que esas “muchas ocupaciones” no tenga polleras.A ver si me resultás, de acuerdo con lo que dice mi vecina, a quien conté que hacía mucho no te veía, ser como todos los hombres.
Te quiere,
Lala.
Respuesta
Queridísima Lala:
Con verdadera angustia he recibido tu carta, corta, pero, constituyendo un reproche desde la primera hasta la última palabra.
Lala mía:
Parece que no recordás que soy un hombre de armas y por lo tanto sujeto a una disciplina que no admite rupturas. Prácticamente estamos acuartelados y en la semana, la única salida que tuve, la aproveché para volar hasta tu casa. Tenía seis horas de permiso para estar a tu lado, tomé taxímetro desde ésta hasta Buenos Aires, pero, al llegar, no había nadie en tu casa. La “buena vecina” que te calienta la cabeza me informó que habías ido al cine con tu familia, pero, no sabía a cual sala.Como el tiempo volaba y tenía que volver al cuartel, le pedí que te dijera que mi presencia allí se debía a mis ansias de verte y por carta caigo en la cuenta que esa gran chismosa no te dijo absolutamente nada. ¡Solterona fea y basta!Disculpo pues tu carta, ya que al ignorar que te fui a ver en la única oportunidad que tuve, debes haber creído que no tenía interés en hacerlo, cuando en realidad, me muero por besar tus ojos y tu boquita y sentir sobre mi cara la dulzura de tus manos.
Desesperado por verte, te manda muchos besos,
tu enamorado,
Beto
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lunes, 23 de junio de 2008

Un policial con carta


Apelación de un prisionero
Hillary Waugh
Buenos Aires, editorial Emecé, 1963

Se trata del volumen 186 de la colección “El séptimo círculo” dirigida por Borges y Bioy Casares. Comienza, casualmente, con una carta en la que un presidiario conducido raudamente hacia la silla eléctrica pide clemencia. Pero esta solicitud está más bien ligada a valores del razonamiento que de la moral: le pide que investigue en el lapso que queda entre la lectura de esa carta y su ejecución, quién es el verdadero culpable de la muerte de Sheila, su bella esposa. El policía Fellows es jefe en otro distrito, no el que se hizo cargo de la investigación del asesinato tres años atrás y terminó mandándolo al Corredor de la muerte . Quería otra oportunidad, una oportunidad distinta. Y el Jefe acepta.
Al leer las novelas policiales de esta célebre colección, muchas veces uno se enfrenta al doble desafío: 1. ¿quién es el asesino?; 2. ¿qué puede haber en esta novela que pudo seducir a un lector como Borges? En Apelación de un prisionero hay respuesta clara de la primera pero no de la segunda; a menos que uno esté dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias, que en una novela no es más que su ocaso, las páginas finales en donde se cree que ya nada más puede suceder.

Wilks tomó el papel, se sentó y leyó en voz alta:
-“Estimado Jefe Fellows: Mi nombre es Ernest Sellers y estoy en el Corredor de la Muerte , en la Prisión del Estado de Midland. He sido declarado culpable, injustamente, de la muerte de mi esposa. Se ha apelado en vano y hay muy pocas esperanzas, si en verdad existe alguna, de clemencia de parte del Gobernador. Dentro de tres semanas y un día seré ejecutado, pero soy un hombre inocente.
Fui condenado, no porque existiera evidencia alguna contra mí, sino porque no había otra persona a la que pudiera colgar el asesinato. Lo único que me podría salvar ahora es descubrir alguna clase de evidencia que acuse a otro, o que apoye mi propia inocencia. Es por esta razón que me dirijo a usted. Su gran capacidad como detective es bien conocida. Usted es capaz de descubrir cosas que los policías comunes no verían, y si hay alguien que puede salvar a un hombre inocente de morir en la silla eléctrica por un crimen que no ha cometido, ese hombre es usted (...)”

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jueves, 29 de mayo de 2008

Kevin, creciendo con amor

Por Mariano Dorr

Tenemos que hablar de Kevin
Lionel Shriver
Anagrama
608 páginas


Una cosa es tener un hijo con problemas de disciplina, y otra muy distinta, que planee y lleve a cabo una verdadera matanza en el gimnasio del colegio. Esto es lo que le ocurre a Eva, madre de Kevin Katchadourian, un precursor de la masacre de Columbine (la suya ocurre doce días antes, el 8 de abril de 1999). A partir de las cartas que Eva escribe compulsivamente a Franklin, su marido (“puesto que estamos separados”), se reconstruye la experiencia de una maternidad indeseable.
Lionel Shriver (que nació en 1957, en Carolina del Norte, y con más de siete títulos publicados) ganó en 2005 el Premio Orange con Tenemos que hablar de Kevin. En la dedicatoria, Shriver escribe: Para Terri. Una de las peores situaciones posibles, de la que nos libramos las dos. El relato epistolar recorre desde antes del embarazo –cuando Eva y Franklin eran jóvenes y exitosos– hasta el segundo aniversario de Kevin (que, conociendo las leyes de su país, se apura a concretar el episodio tres días antes de cumplir los dieciséis años). La Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, aprobada en 1791 permite a todo ciudadano norteamericano poseer armas de guerra; fue famoso, el último año, el caso de Bubba, un bebé de 10 meses, de Illinois, con permiso para portar armas. Padres e hijos –y hasta niñas– hacen cola en los polígonos de tiro para disparar armas automáticas y ametralladoras M-16. Kevin, apoyado por sus padres (que le regalan una ballesta para Navidad), pasa seis años practicando tiro al blanco.
Con su hijo en el Reformatorio Juvenil de Claverack, Eva se lamenta: “¿Qué locura se apoderó de nosotros? ¡Eramos tan felices...! ¿Por qué arriesgamos cuanto teníamos en ese juego atroz de tener un hijo?”. Recuerda la noche fatídica en que –sin diafragma– tuvo relaciones con su marido: “Podía dar lugar a que se presentara un extraño nueve meses más tarde. Porque era lo mismo que si nos hubiéramos dejado abierta la puerta de casa”. Una vez que la pareja entró en un ciclo de rutinas adormecedoras, el interés de Eva por tener un hijo se reduce al penoso deseo de “tener alguien más de quien hablar”. En este sentido, Kevin no defrauda a sus padres: el niño se convierte en el único tema de conversación: “Kevin me deprimía, y mucho. Observa que digo Kevin, y no el bebé”. Desde el primer día, Eva siente que el niño la rechaza, y son páginas y páginas describiendo los estados de ánimo de Kevin, cercanos a los de Demian (no el de Hermann Hesse sino el de La profecía) o a los de Carrie (pioneros, los dos, en el arte de asesinar compañeros de clase). “Creo que Kevin odiaba estar vivo”, resume la madre.
Lo más rico del libro se encuentra en la exposición de la –típica e insoportable– relación que une a Eva con su marido, Franklin, un patriota: “Eras americano por decisión personal (...). Si no era posible llevar en este país una vida hermosa, rica, espléndida, con una bella esposa y criar un hijo saludable, no sería posible en ninguna parte. Incluso ahora sigo pensando que tal vez tuvieras razón, pero en lo de que tal vez no sea posible en ninguna parte”. Los reproches se detienen en cada recuerdo: una tarde –durante los meses de embarazo–, Franklin la encuentra bailando “Burning Down the House”, de Talking Heads; hace saltar la púa del tocadiscos y grita: “¿Quieres tener un aborto?”. Y le sugiere que escuche música para el bebé: “Quédate sentada ahí y lleva el ritmo con el pie”. Eva –irónica y furiosa– insiste con los Talking: “¿Qué tal si le hacemos escuchar ‘Psycho Killer’?”.


Publicado en el suplemento Radar Libros, del diario Página/12, el 9 de marzo de 2008

miércoles, 7 de mayo de 2008

Las cuatro estaciones

Rita Hayworth y la redención de Shawshank (Esperanza, primavera eterna)
Stephen King Barcelona, Mondadori, 2000

Esta breve novela forma parte de una tetralogía llamada Las cuatro estaciones y podría ser leída como una carta larga. En realidad, del texto se desprende un relato en segunda persona como anotaciones de un viejo presidiario, Red, que no cuenta la vida de él sino de Andy Dufresne, un mito de Shawshank.
Andy fue confinado a cadena perpetua por asesinar a su esposa y a su amante, un profesor de golf. No había sido en verdad él el culpable, pero ahí quedó, encerrado; a lo largo del larguísimo tiempo se fue ganando ciertos privilegios por conocer los secretos de la administración dineraria, cosa que realizó con suma eficacia en beneficio de los negocios espurios de los sucesivos directores del penal. Pero todo eso tuvo un fin de redención que se plasma con una narrativa épica hacia el final de la novela.
El relato está en segunda persona y no queda del todo claro quién es el destinatario. Uno puede suponer que es un lector cualquiera, nosotros mismos . Lo que permite ese narrador testigo muy marcado es ciertas dosis de exageración, de duda, de tendenciosidad que el omnisciente clausuraría. Dentro de esa larguísima carta hay referencia a algunas más. Varias que escribe Andy a senadores del Estado solicitando libros para la biblioteca del penal; otra, una postal que Andy le envía desde el más allá; la última, una breve esquela que abre las puertas definitivas a la salvación de su otro mundo, Red, el escribiente. Esta novela fue llevada al cine por Frank Darabont y en 1994 obtuvo siete nominaciones a los premios Oscar, incluyendo la de mejor guión adaptado.

Supongo que ya te habrás dado cuenta de que mucho de lo que he contado lo sé de oídas… alguien vio algo, me lo contó y yo te lo cuento a ti. En fin, en algunos casos he simplificado lo sucedido y he repetido (y repetiré) información de cuarta o quinta mano. Así son las cosas aquí. Aquí los rumores son algo muy importante y has de tenerlo en cuenta. Y, por supuesto, has de saber elegir las partículas de verdad entre toda la broza de mentiras, rumores y posibilidades.


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lunes, 5 de mayo de 2008

Libros

La correspondencia de Ingrid con su familia

Cartas desde el amor
Ingrid Betancourt, Mélanie y Lorenzo Delloye-Betancourt
Grijalbo
2008


Mamita:
Tu carta, tu inmensa carta, nos llegó después de tantos días de separación, de silencio, de espe­ra, de esperanza. Llegó de tan lejos, más allá del espacio, más allá del tiempo. Como si una vida hubiera pasado entre nosotros. Durante todos estos años, te busqué en todas partes, en mis recuerdos, en nuestras luchas. Durante todos estos años, busqué desesperadamente comuni­carme contigo y saberte viva. Y de pronto, ahí estabas. Tan próxima, tan cerca de nosotros. Leyendo tu carta, encontré tu voz.
En esa selva que te retiene, todo está lejos, incluso el sol. Todo duele, todo es inhumano.
Sin embargo, nada más verdadero y más jus­to que las palabras que has sabido encontrar. Mamá, tú nos has despertado. Tus sufrimientos se convirtieron en los nuestros, tu desesperación es desde ahora nuestra urgencia, tu amor y tu valor son nuestra fuerza. Hoy, comprendo lo que significa ser libre. Estamos tan orgullosos de ti, mamá. Tú que sufres y luchas todos los días en la humildad, tú que encuentras todavía la fuerza de rehusar a jugar el juego de tus secuestradores, ten la seguridad de que nos engrandeces. Nos has engrandecido a todos.
No se podría escribir una carta de amor más bella a los que uno ama. Me acurruco en la dulzu­ra de tus palabras y me repito: ¡Estás viva! ¡Estás viva!

Pero también siento despertar en mí una angustia demasiado fuerte. Ahora que te siento tan cercana, tengo miedo de perderte de nuevo. Sólo tengo ganas de abrazarte y decirte: Aquí estamos mamá; luchamos para hacerte salir de ahí. Aguanta. Hay tantos momentos bellos que te esperan. Nos verás todavía crecer, a Loli y a mí. Pero no puedo verte, no puedo tocarte, no puedo sostenerte para reconfortarte. Entonces, me pre­paro, elijo mis palabras, calmo mi voz para poder transmitirte toda esta fuerza y todo este amor a través de los mensajes que te envío por radio.
Estoy tan agradecida con mi abuela que, desde el primer día, ha estado siempre aquí, constante, enviándote cada noche un mensa­je por radio. Siempre estuvo segura de que tú podías escucharnos.
Siempre ha sido fiel.
Gracias a ti ya no podrán decir que no sabían. Tu carta dice toda la verdad sobre lo que tú y los otros rehenes están viviendo. Ya no podrán decir que no se daban cuenta de la urgencia. Tu carta es mucho más que un testimonio, mucho más que un llamado. Es una inmensa sacudida. En tu prisión, luchas más que cualquiera por la libertad, la de todos.
Si hoy las cosas se mueven, es gracias a ti. Quisiera que tus palabras impidie­ran dormir a los comandantes de las FARC y al presidente colombiano, que Manuel Marulanda y Alvaro Uribe no encuentren el sueño antes de haber comprendido que, ahora, la vida de uste­des debe estar antes que su terquedad. Yo, en todo caso, ya no escapo de tus palabras, a donde quiera que voy, ahí están, y ya no podré dormir antes de encontrarte junto a mí.
En Colombia, tu llamado ha despertado a miles de personas, como si de pronto, después de todos estos años, comprendieran que esos rehenes, allá en el fondo de la selva, eran no sola­mente seres vivos sino también gente como ellas, como todos nosotros. Tuve la impresión de que miles de personas se reconocían en tus frases y encontraban de repente la realidad de las cosas. Hasta entonces se daban cifras, tantos cientos de rehenes, tantos años pasados en la selva, tantas personas en las manifestaciones de protesta, tan­tas tentativas de liberación fallidas...
Y de repen­te, tú, por tu coraje, tu fuerza, tu inteligencia, vienes a recordar la evidencia: eres simplemente una mujer, una hija, una mamá. Y con tus pala­bras nos recuerdas que los otros rehenes, todos los otros, son ellos también madres y padres, hijas e hijos, hermanas y hermanos, que también tienen una familia que los espera.
Espero que hoy hayamos comprendido que no hay fatalidad. Ya no podemos decir: No hay nada que hacer, no se puede hacer nada por esos desdichados. No. Tu vida, la nuestra, nues­tros sueños, nuestras dichas, comenzarán ese día tan esperado cuando podamos por fin abrazarte, así como la vida, los sueños, las dichas de todos los otros rehenes, todo eso no depende final­mente más que de algunas personas: de los diri­gentes de las FARC y del gobierno colombiano con quienes ellos piden dialogar. Un puñado de hombres, no más.
Esos hombres no tienen ninguna excusa. Han tenido todo el tiempo para reflexionar en sus actos, han podido sopesarlos miles de veces.
¿Tal vez esperan todavía el “buen” momento? ¿Tal vez esperan una mejor carta en su jue­go?
Los jugadores siempre piensan que van a tener una carta mejor. Sólo que hoy ya no hay juego. Ya no habrá otras partidas. Entonces es necesario que las FARC sean conscientes de que en los días, las semanas que vienen, su decisión hará Historia. Si eligen dar un paso adelante por la libertad de los rehenes, eso quedará inscrito como tal. Si dicen que prefieren esperar, para obtener más, para ganar más, porque se sien­ten protegidos por los prisioneros como por un escudo, perderán. Serán ellos los grandes perde­dores y la Historia lo recordará.
El presidente colombiano, del que hubiéramos podido espe­rar más compasión, humanidad o simplemen­te protección, ha dejado pasar todos estos años manifestando solamente indiferencia o, peor aún, construyendo cada vez nuevos obstáculos para hacer fracasar todas las tentativas de llegar a un acuerdo. Sin cesar nos hemos topado con diferentes tipos de intereses que pasan sobre la vida de los que amamos, tantos pretextos para explicarnos que la situación es complicada, que hay que ser pacientes, etcétera. Sin embargo, si admitieran que la prioridad es la de sacar a esos seres humanos del infierno, entonces las cosas serían sencillas: hay personas que capturan rehe­nes que se llaman las FARC, y hay que negociar.
En tu carta evocas a los Estados Unidos, las batallas que libró Abraham Lincoln por la liber­tad.
Dices que él también debió de toparse con obstáculos absurdos, con Floridas y Praderas, esos dos municipios que las FARC piden desmi­litarizar durante treinta días haciendo de esto una condición para la negociación. Eso parece loco pero es verdad, durante estos largos años, todo se ha resumido a eso: un pleito por un lugar. Ellos apenas hablaban de las modalidades del intercambio, sólo les interesaba el lugar en el que iban a sentarse. Dos kilómetros cuadra­dos de más o de menos para encontrarse, ¡eso es lo que vale la vida de los que amamos! ¡Qué relación de fuerzas tan estúpida! Hoy espero que esos pretextos ya no puedan dar ilusión y que el gobierno y las FARC sean obligados a volver a la realidad. El apoyo que el gobierno colombiano nos ha negado lo hemos encontrado en otra parte, en el mundo, en América latina, en Europa y por supuesto en Francia que, tienes razón, está a la altura de sus valores. El presiden­te francés, Nicolas Sarkozy, ha hecho de tu libe­ración una prioridad y no desiste. Tanta gente se ha levantado para decir simplemente que no aceptan lo inaceptable, y hacen todo para libe­rarte, a ti y a los otros rehenes.
Me pregunto lo que piensas de todo esto, mamá, en el fondo de tu selva, cuando escuchas fragmentos de noticias en la radio. Tal vez ya no crees en eso, que ya pasó mucho tiempo, que ha habido demasiadas esperanzas rotas… Yo, yo sí creo. Pero sé que esto me rebasa. Hay desde ahora todos esos ojos dirigidos hacia ustedes, esas miradas que se indignan, esas conciencias que se despiertan, esta movilización que crece a lo largo del mundo. Es necesario que las FARC lo entiendan: nunca tendrán una oportunidad más bella que hoy. Es necesario que el presidente colombiano se dé cuenta: él tiene el poder de hacer regresar a los rehenes de manera que tú, mamá, y los otros, recuperen su vida. Sí, él tie­ne el poder. Y esto puede ser una oportunidad para él también. Hoy todavía podemos salvarte, podemos salvarlos. Mamá, sabemos que es urgente. Sabemos que estás al límite. Imaginamos lo difícil que es buscar todavía una última parcela de fuerza para soportar una y otra vez otra noche de sufri­miento, otra marcha forzada al infierno, otras humillaciones. Lo sabemos. Vamos a sacarte de ahí. En estos terribles momentos de duda y de abandono, dite a ti misma, te lo suplico, que un poco más lejos, más allá de la selva, estamos ahí, pensamos en ti, luchamos por ti.
Un poco más lejos, sólo un poco más lejos, detrás de las cimas, miles de personas no bajan los brazos y se activan para liberarte lo más rápido posible por­que se reconocen en ti, en tu valor, en tu lucha, porque te consideran como una de los suyos, como una madre, una hermana, una amiga, y que están decididos a no olvidarte.
Tu carta, tus increíbles palabras actuaron como un electroshock. Los jefes de Estado declararon estado de emergencia. Toda Améri­ca latina se moviliza. La situación de los rehe­nes en Colombia se ha convertido en un asunto político internacional. Tu carta ha contribuido a sacarla a la luz y ya nadie puede ignorarla.
Te preocupas por nosotros, tus hijos, Loli, Sebastián y yo. Mamá, no te preocupes por nosotros. Nos peleamos, esperamos tu regre­so, pero también vivimos.
Queremos que estés orgullosa de nosotros cuando regreses.
Tu fuerza siempre nos ha sostenido. Ahora nos toca soste­nerte, cuidarte. Nos toca a Loli y a mí darte lo que tú nos has dado: la convicción de que toda­vía hay un poquito de energía cuando creíamos que habíamos tocado fondo.
Eres resistente, valiente, inteligente y fuerte. Yo lo sé, la resis­tencia, el coraje, la fuerza no son infinitas. Sólo te pedimos un poco más.
Sólo un poco.
Debes resistir, mamá. Nuestras palabras, que te llegan con cuentagotas por la radio, serán tu ener­gía. Nuestros pensamientos, que te enviamos en secreto, serán tu consuelo.
No te abandonamos, mamá. Ganaremos. Quiero verte pronto, recu­perar tu sonrisa, tu alegría de vivir. Habrá de nuevo para ti libros, risas y ligereza.
Esta carta no es una carta de despedida. Es una carta de reencuentros. Hasta pronto mamá.
Mélanie y Lorenzo


Publicado en el diario Perfil el 6 de abril de 2008

lunes, 28 de abril de 2008

Libros

Correspondencia
Entre lo grande y lo pequeño

"¡Alma mía!" (Manantial), libro del que se anticipa un fragmento, reúne las cartas que Heidegger envió a su esposa de 1915 a 1970. Los textos muestran tanto mezquindades cotidianas como el germen de la valiosa filosofía elaborada por el pensador alemán




Por Barbara Cassin y Alain Badiou

Podría ocurrir que muchos lectores se acercaran a esta correspondencia armados de una única pregunta, del tipo: "Veamos si hay aquí algo de nazismo y de antisemitismo". Y tanto más cuando la destinataria de las cartas, Elfride, la mujer del gran hombre, tiene fama -justificada- de haber estimado siempre a Hitler y menospreciado a los judíos.

Este acercamiento se mostrará decepcionante por dos razones. La primera es que, de hecho, pocas cosas en estas cartas son pertinentes al respecto. No se encuentra en ellas nada que modifique las opiniones establecidas, ni en los usos de la palabra "judío" ni en el compromiso con el nazismo. [...]

Recomendamos que se acepte la explicación de Gertrud, la nieta de Elfride, acerca de los criterios de su selección [...]: "Para conjurar las especulaciones, he incluido en el libro todas las cartas que poseo de entre 1933 y 1938. Fuera de ello, son citadas todas las manifestaciones antisemitas y políticas referentes al nacionalsocialismo", finalmente poco numerosas. Silencio pues sobre "la creciente persecución a los judíos" en las cartas conservadas. Pero, es claro que fueron conservadas muy pocas de estas cartas: nueve entre 1933 y 1938, aun cuando Heidegger a menudo no estaba en casa. "Si se perdieron o si fueron destruidas y, si lo fueron, por quién y cuándo, ya no puede ser esclarecido." Solo que es muy plausible que las hayan destruido, y de común acuerdo. [ ]

En cuanto al nazismo, no nos enteramos de nada que no se sepa desde hace mucho. A saber: que aun cuando la pareja, movida por su conservadurismo antisocialista y su limitado nacionalismo de provincia, más bien apoyó a los nazis desde comienzos de los años 30, no dejaba de considerarlos incultos, gente indigna de las cimas donde se juega el destino del espíritu. Que hubo luego un gran entusiasmo por la "revolución alemana" (es la expresión que utiliza Heidegger en una de sus cartas) y por el pequeño poder académico y social que confería a la pareja. Que luego puede adivinarse una prudente política de espera, de la que diríamos que constituye un indicio entre otros de la falta de coraje del pensador. [...]

Heidegger es ciertamente un gran filósofo, que al mismo tiempo fue un nazi de lo más común. Es así. ¡Que la filosofía se las arregle! [...] Estamos ante un límite dialéctico, que podemos llamar existencial, de la grandeza de pensamiento y la pequeñez de convicción, de la capacidad creadora de dimensiones universales y de la singularidad obtusa de un profesor de provincia.

Lo que estas cartas tienen de apasionante es que ensanchan esta matriz (lo Pequeño como soporte existencial de lo Grande) a muchos otros aspectos de la existencia del pensador. Lo que hizo de él un rector nacionalsocialista al mismo tiempo que constituyó una sorprendente salida moderna del idealismo alemán, obra también en la relación que mantiene con el lugar (la provincia profunda y el destino planetario), con las mujeres (el cazador de las estudiantes y la santa espiritualidad del matrimonio), con la universidad (las incesantes intrigas de gabinete y el desinterés profético del pensamiento solitario) y, por último, con la existencia concreta en todas sus dimensiones. Hay que reconocer que el material existencial sublimado en el "decir" heideggeriano es de muy baja calidad. Lo apasionante es seguir su introducción en el lenguaje especulativo. Daremos algunos ejemplos.

Hay que comenzar por los inicios: la corte que Martin hace a Elfride durante la Primera Guerra Mundial. La propia Elfride señala que las cartas de esta época son el modelo de las innumerables cartas que enviará luego a sus sucesivas amantes ("El Tú de tu alma amante me ha encontrado"). Ahora bien, ¿cuál es aquí la fuerza oculta? Probablemente el maquillaje del deseo de seducir y de la vigorosa sensualidad, metafóricamente campesina, del pensador, que en una elevación espiritual convierte a cada mujer en el recurso elegido de la obra y del trabajo. Cada vez, la singularidad del encuentro es presentada como una nueva oportunidad concedida a la tarea aplastante que el destino o los dioses han asignado al filósofo en esta tierra: conservar, en el entorno nihilista de la técnica, lo que pueda ser conservado del pensamiento. Estamos por cierto ante la lógica de la Musa tan bien descrita por ...tienne Gilson. Pero prestemos atención, en esto como en lo demás, Heidegger no es "platónico". El amor se manifiesta a ras del cuerpo, se presenta bajo la forma de una bella y joven estudiante o de una culta aristócrata, no es en absoluto "platónico". [...]

En el caso de Elfride, el pathos de Martin a los veintiséis años no es todavía aquel cuya potencia y originalidad conocemos. Es la religión la que ocupa el proscenio lingüístico de los impulsos espirituales con los que se adorna el deseo. Por lo demás, es sorprendente la extrema importancia que tienen las pertenencias clericales en las uniones sexuales. Martin, nunca heroico, tiembla, literalmente, por tener que confesar a su familia católica que quiere comprometerse con una protestante. [...]

Uno de los intereses de las grandes correspondencias (cincuenta y cinco años en este caso) es el de hacer ver los lentos efectos del tiempo. Vemos cómo se deforma y se desgasta lentamente la evidencia religiosa del amor inicial, y también final. En especial después de la Segunda Guerra Mundial, después de la cesura nazi, la cuestión de las confesiones (católica, protestante) no aparece más que de manera anecdótica. [...] Así, el recorrido de las cartas de amor irá desde la celebración mística, por parte de los amantes, de un más allá espiritual de la carne, que opone la verdadera religión a la corriente profana y degradante del mundo moderno, hasta la invención, apartada y solitaria, arrojada al porvenir como una profecía de atavío hölderliniano, del Dios que nos falta. [...]

Solo una [mujer] es única, la suya, Elfride. Y luego hay otras, tantas otras. Es por lo menos una sorpresa que el pensador de Messkirch y de la cabaña haya tenido tantas, hasta el final, y las haya seducido tan rápidamente, en cuanto las conocía. [...]

En todo caso, los dos se aman, en el sentido en que Elfride es la patria, allí donde uno nace a sí mismo [ ]

Así pues, una mujer común en un matrimonio común, que lo ha sacrificado todo, interrumpiendo sus estudios, ocupándose de la casa y de los hijos -"calma cuando regreso cansado de la tierra lejana de las grandes preguntas", con una "manera de obrar femenina", con una "Tu colaboración, que entraña, además de la crítica fenomenológica, justo lo más difícil: un renunciar, un esperar y un confiar" - se ha celebrado la misa, de un solo y mismo machismo, el Pequeño y el Grande.

Por otra parte hay otra sorpresa [...]. El brevísimo epílogo de Hermann Heidegger, hijo menor y heredero de los derechos de toda la obra, escrito en 2005, el "día del 112vo natalicio de nuestra madre y abuela" pertenece al orden del coming out : "Nací en 1920 como hijo legítimo de Martin y Elfride Heidegger. Cuando tenía apenas catorce años, mi madre me dijo que mi padre biológico era el doctor Friedel Caesar, mi padrino y amigo de la juventud de mi madre, quien murió en 1946". Martin y Elfride se casaron en 1917, Jörg nació en enero de 1919, Hermann nace en agosto de 1920. Sin duda, Elfride ya no es ni enteramente la misma ni del todo otra, tampoco Heidegger es enteramente el mismo. "Hace tiempo que sé que Friedel te ama", le responde en septiembre de 1919. "Dejémoslo librado al gran curso de nuestro matrimonio", "confío tanto en tu amor cuanto en mi amor por ti, aun cuando no todo me resulte comprensible y no pueda siempre entender desde qué fuente se me aproxima tu amor de mil caras." [...]


Por otra parte, no se trata de decirlo todo, aun cuando los secretos sean indignos, ya que "la cuestión de la verdad y la mentira no es tan simple". Nosotros, que leemos estas cartas que no nos están dirigidas, vemos ante todo su función de complemento con respecto a lo único. Acaso no sea difícil establecer la tipología: estudiantes, princesas, amigas que son mujeres de sus amigos, tanto más inquietantemente jóvenes a medida que él envejece. Por momentos ambas cosas, como Margot von Sachsen-Meiningen, que asiste a sus cursos de 1942 y que constituye un punto fijo de felicidad durante la guerra, ella de quien dirá, más tarde y a raíz de otra -Sophie Dorothee von Podewils-, que le hubiera podido hacer olvidar a Elfride. Las otras, como la una, son ante todo referidas a la tarea: complementariedad, complicidad, estímulo de lo espiritual por medio de lo carnal, que deviene síntoma de un avance en el pensamiento. [...]

Los enredos por obtener un puesto de enseñanza, un progreso de escalafón, la superioridad institucional ante los mediocres y los rivales, el otorgamiento de un "honor" (del estilo: ser el único candidato para un puesto), todo eso ocupa un lugar verdaderamente extraordinario en las cartas. Y tanto más cuanto que Heidegger no abandonará casi su provincia de origen, rechazando por razones protocolares, que a menudo presenta luego como razones nobles, otras posibilidades, sobre todo las ofrecidas en Berlín. Es importante recordar aquí que Heidegger no dispone de una fortuna heredada y realmente depende para vivir de su situación en la universidad. [...] Digamos que lo que se lee en estas cartas es una construcción en tres etapas: una experiencia a menudo al ras de la vida convencional y de sus agitaciones sin grandeza; una postura subjetiva, a menudo retroactiva, que dispone la banalidad de esta vida como entorno planetario devastado y exceptúa de ella el pensamiento puro; una producción lingüística genial, que rodea la excepción y la hace brillar en el cielo de la filosofía. De todo esto es Elfride, el "alma mía", la confidente escogida y, sin duda, la consejera sagaz.

Es muy interesante comparar aquí la figura social de la pareja Heidegger con la de la pareja Sartre-Beauvoir. Aunque las diferencias sean cruciales, en especial el hecho de que Simone de Beauvoir sea una escritora de pleno derecho, las similitudes son de cualquier forma impresionantes, sobre todo si vemos las cosas desde el punto de vista de Sartre (y del de Heidegger). Puesto que en ambos casos, sobre una vida sentimental y sexual extremamente recargada y diversa, a menudo clandestina, se articula la pareja, podríamos decir la Pareja, como garante de la permanencia de una suerte de discusión infinita [...]. En los dos casos, la sublimación filosófica opone esta unidad duradera al pasaje de lo múltiple. Heidegger dirá: la sensualidad amorosa vale como impulso circunstancial, solo la santidad de la esposa está a la altura de la obra realizada. Y Sartre: las mujeres son contingentes, solo Simone es necesaria. En fin, en los dos casos se da la tentativa de constituir una unión triádica donde la esposa (la mujer necesaria) concede a la intrusa, en nombre de su propia permanencia, una especie de bendición provisoria. [...]

Estos jóvenes, Martin, Jean-Paul, Simone y Elfride, viven en el período de entreguerras, los años veinte, los años locos, cuando las viejas costumbres vacilan, cuando una nueva visión de la pareja, de su relación con la mudanza del deseo, intenta deshacerse de las obligaciones religiosas y familiares. Es el terreno del existencialismo, después de todo, de esta nueva comunicación entre la libertad de conductas, la potencia de la elección y la inercia de las situaciones sociales dadas. Heidegger-Elfride, ¿una pareja de la época existencialista? Sí, en un cierto sentido. Quedamos impresionados por la elegancia con la que Heidegger acepta al hijo adulterino, al menos por lo que podemos saber o leer, no hace ninguna distinción con el otro, y durante este trance, tan escabroso, permanece amorosamente cerca de su mujer. La diferencia esencial entre Heidegger y Sartre, cercanos por tantos rasgos de la época, es en el fondo que uno es un profesor de provincia alemana y el otro un intelectual parisino. Esta diferencia entre el espesor del lugar y la transparencia cosmopolita de una capital es perceptible constantemente, tanto en los matices de la vida amorosa como en su sublimación conceptual. Evidentemente, no es lo mismo llamar "castor" a la mujer de su vida que llamarla "alma mía". Hablamos, en este caso, de un existencialismo provincial, hipócrita y destinado religiosamente, y en el otro, de un existencialismo de gran capital, más abierto (¿más cínico?) y destinado políticamente. [ ]

¿Qué pensar, a fin de cuentas, de la significación filosófica de estas cartas? [ ]

Para quien, con Nietzsche, esté convencido de que, en definitiva, una filosofía es la biografía de su autor, la imagen de sí mismo que Heidegger traza para su mujer, carta tras carta, incluso si es también una pose y una mentira, como toda imagen, no es menos descifrable como un esclarecimiento involuntario de los procedimientos de su pensar. [...] Es a imagen de una provincia alemana católica y de una cabaña de montaña que hay que representarse lo original, la patria, la acogida o el lugar. Es a imagen de Elfride que hay que representarse la santidad latente del otro, la complicidad un poco obtusa del pueblo y de la obra, el valor del perdón, la duración tenaz e incluso la decisión resuelta de no dar el brazo a torcer. [...] Es con los rasgos de una estudiante que responde al llamado dionisíaco de la naturaleza, y bajo la forma de un descenso en esquí por la nieve virgen, que en un instante desaparece la falsificación de lo que debe dejarse surgir.

Publicado en adn.cultura, suplemento del diario La Nación, el 26 de abril de 2008
Traducción: Sebastián Sfriso

sábado, 19 de enero de 2008

La exposición de la tristeza que se hizo libro


Hojas de otoño. Las cartas más tristes del mundo
Prólogo, selección y comentarios de Teodoro Gómez Cordero
Barcelona, Océano grupo editorial, 2001


El texto de esta compilación asume más un tinte de crónica que de mera suma de cartas tristes de personas famosas. Por ejemplo, en la “introducción” se cuenta, en primera persona, el arribo casi azaroso del narrador a una exposición en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona y, a través del folleto de mano que él mismo va leyendo y salteando, un anticipo de lo que el lector leerá. Siempre -esto se refuerza en cada uno de los capítulos que siguen- a través de los ojos de este narrador-que-visita-una-exposición-de-cartas-tristes.
Los capítulos están divididos según la sala de ese referente plástico: “Lágrimas venecianas”, que incluye cartas de la escritora que adoptó nombre y ropaje de varón George Sand a su joven amante, Alfred de Musset. Inmediatamente después, cartas del epistolarísimo Rainer Rilke. El título de este capítulo –de esta sala y de casi todas- tiene que ver con el contexto geográfico en el que se dan sendos intercambios de misivas. Luego le siguen “La dulce Inglaterra”, con cartas de Virginia Wolf y Oscar Wilde; “La Francia clásica”, con las famosas cartas de Madame de Sévigné y las no tan conocidas cartas de Etienne Pivert de Sénancour; “Corazón latino”, de Pablo Neruda, José Lezama Lima y Mercé Rodoreda; más entrado el libro, en distintas dosis, cartas de Joyce, Kafka, Chejov, Van Gogh, Henry Miller, Lawrence Durrell, Sartre y Camus. El libro se clausura con el capítulo más oscuro, más triste y más raro, intitulado: “Condenados a muerte”. Allí, unas pequeñas y desgarradoras misivas de cautivos en campos de concentración de distintos países europeos durante la segunda guerra mundial.
Este último capítulo rompe cierta homogeneidad en un tipo de libro que sólo reproduce cartas más o menos conocidas –más más que menos-, aun atendiendo además al tono de “tristeza” que unifica la muestra y el libro. Esa apertura final revela: o el exceso al colocar cartas de enunciadores anónimos entre los célebres; o la carencia al dejar de lado muchísimos otros contextos de cartas tristes ligadas, por ejemplo, a la emigración, la guerra, la enfermedad.
El perfil de crónica le otorga al libro cierta novedad en lo que a compilación epistolar se refiere, esquivando, de alguna manera, la redundancia en lo que a cartas de escritores se refiere –De profundis, de Wilde, las cartas a Milena, las cartas de Rilke, Woolf o de Sevigne es un material remanido; tampoco se entiende bien por qué, en medio de casi veinte escritores, aparecen las editadísimas cartas de Van Gogh a su hermano. El relato, entonces, permite una buena lectura, atravesando un espacio de la mano del narrador. Escuchando, a su vez, su desenfado, sus críticas al curador, al guía y al cansancio de sus piernas.
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lunes, 3 de septiembre de 2007

Libros

Diario y Correspondencia
Horacio Quiroga
Losada


Confidencias extremas
Por Soledad Quereilhac

Esta edición de textos personales de uno de los más importantes autores rioplatenses, la más amplia publicada hasta la fecha, permite atestiguar la evolución íntima de una vida creativa que aspiraba al dandismo, pero optó por los edenes más salvajes

A menudo, la publicación de epistolarios y diarios privados convoca la pregunta sobre cuán ético es dar a conocer textos que no fueron pensados para circular entre un público masivo. También, en la intimidad de la lectura, surge cierto escozor ante la pregunta sobre cuán ético es no poder evitar leer ese material, interesarse en él ya sea por una búsqueda estética, por ambición erudita o, simplemente, por curiosidad escabrosa. En una época en la que las correspondencias privadas de escritores continúan fascinando a los lectores, estas preguntas quedan aún flotando como un eco molesto, en la intermitencia de sus razones y falsedades. Lo que sí parece ofrecerse como una tranquilizadora certeza es que, en el caso de las cartas y diarios escritos en tiempos muy distantes al nuestro, uno tiene la posibilidad de acceder al despliegue de una sensibilidad histórica que ya no existe y, sobre todo, a las formas con las que un artista del pasado comunicó maneras de sentir y de hablar que, acaso por las reglas propias del arte del momento, no hubieran podido ingresar en novelas, relatos o poemas.
El Diario y correspondencia del inolvidable escritor Horacio Quiroga, quinto y último volumen de la edición de sus Obras que han llevado adelante Jorge Lafforgue y Pablo Rocca, es un notable ejemplo de ello. En los centenares de cartas que reúne el volumen -"el epistolario quiroguiano más amplio conocido hasta la fecha", como aclaran los editores- es posible conocer no solo aspectos de su vida, su vínculo con la literatura y con la naturaleza, sino también la expresión de una sensibilidad masculina, tan singular como atravesada por su época, que no siempre había dejado rastro en su literatura.
El volumen, que abarca textos escritos desde 1900 hasta 1937, está organizado de manera inteligente y cuenta con un útil cuerpo de notas. El primer gran bloque de cartas lo ocupan las dirigidas a sus amigos uruguayos de Salto, A. Brignole, los hermanos Delgado, E. Amorim y J. M. Fernández Saldaña. El segundo bloque, "Dos profesionales", presenta las cartas que Quiroga intercambió con Luis Pardo, secretario de redacción de Caras y Caretas , y con César Tiempo, quien editó su libro Más allá en 1935. En el tercero, aparece la correspondencia que, desde Buenos Aires, Quiroga envió a su empleado en San Ignacio, Isidoro Escalera, mientras que en el cuarto, bajo el título "Hermanos menores", se incluyen las afectuosas cartas que el salteño intercambió con dos amigos íntimos de su adultez tardía: Julio Payró y Ezequiel Martínez Estrada. El volumen se completa con una sección de "Misceláneas" y con la reedición de su Diario de viaje a París (1900).
En una de las cartas que Quiroga envía a su amigo José María Delgado, en la que habla de su libro Cuentos de amor, de locura, de muerte (1917), el escritor anota: "lo que me interesaba saber sobre todo es si se respiraba vida en eso". La frase sintetiza lo que, curiosamente, también sucede con parte de este epistolario, aunque bajo un registro de escritura distinto. La mayoría de las cartas escritas desde San Ignacio, en las que Quiroga, a la par que se queja de su estrechez económica o de su -por momentos- insoportable soledad, transmite esa intensidad de vida "a la intemperie", ese desafío constante de dominar el avance del monte, de hacer productiva la tierra, de trabajar para la subsistencia, temas que, al igual que en su literatura, no parecen ser producto de un artificio, sino el sustrato fundamental, la experiencia única que da nacimiento al artificio artístico. Al igual que Rudyard Kipling y, por qué no, Jack London, en Quiroga la vivencia de la acción directa sobre la naturaleza puede ser, a la vez, representada bajo formas letradas que comulgan con esa "vida intensa" y que logran concretar un feliz encuentro entre palabra y vida, entre arte y experiencia.
En las cartas afloran, asimismo, las contradicciones de Quiroga en su rol de "patrón". Incómodo, a veces, frente a la obsecuencia de sus peones o irritado en cambio porque no ven en él un "par", sino un tacaño patrón que "roba" el trabajo de los demás, Quiroga no puede ver que, aun en plena "vida salvaje", existen las diferencias sociales, por más que las desafiantes tareas civilizatorias de " pioneer agrícola" se le presenten como patrimonio de todos. En contraposición a ello, su intercambio de cartas con editores, en los que el dinero y la "cotización" de sus relatos ocupa muchas líneas, demuestra la sólida conciencia de Quiroga en su otro rol pionero: haber sido uno de los primeros escritores profesionales del Río de la Plata.
Hay también, en todo el epistolario, un excelente registro de sus lecturas y preferencias literarias que trazan un recorrido cabal de vida: desde el decadentismo juvenil, la fascinación por D Annunzio y por el Lugones de Los crepúsculos del jardín , hasta el gran viraje que significó su descubrimiento de los rusos -sobre todo Dostoievski, admirado "por su sinceridad"-, su aprendizaje técnico de Poe y de Maupassant, y finalmente su hallazgo de la literatura de Kipling.
Pero, sin dudas, uno de los aspectos más reveladores del epistolario -que había recibido alguna censura en ediciones anteriores- es el que toca a lo amoroso y al vínculo con las mujeres. Entre los imperdibles relatos de aventuras sexuales ("Corrida y todo como debe serlo con sus doce años de París, me negó coito en son de suprema ternura, como una casta lo otorga por igual motivo") o la queja por los desaciertos ("siempre me tocan histéricas"), aparecen las "confidencias extremas" a Martínez Estrada, interlocutor que inspiró en Quiroga sus mejores y más emotivas cartas.
El Diario y correspondencia ofrece un material fascinante para aquellos lectores quiroguianos que aún hoy sigan siendo interpelados por su "bárbara prosa", por este inverosímil aprendiz de decadente que hubo de salir en busca de más salvajes edenes artificiales: "Pues, ¿qué puede ofrecer el desierto a un hombre, si este no se empeña en sacar de él un paraíso?"


Publicado en adncultura, suplemento del periódico La Nación, el 1 de septiembre de 2007

jueves, 16 de agosto de 2007

Libros

Querido amigo
Angélica Gorodischer
Editorial Edhasa


El imperio de los sentidos
Por María Eugenia Villalonga

A principios del siglo XIX, un enviado de la Corona inglesa, Albert-George Ruthelmeyer, llega a una ciudad distante y exótica de Oriente con el fin de estrechar relaciones comerciales entre los dos países y, en un futuro, instalarse con su esposa inglesa en aquel lugar. Lo primero que advierte es que el sentido del tiempo de sus habitantes difiere del propio, al punto que los meses transcurren sin que pueda llevar a cabo su objetivo. Más tarde descubrirá que los vínculos sociales, perfectamente pautados, se basan en una concepción de la amistad masculina que incluye el compartir, entre otros bienes preciados, las esposas.
Lenta y suavemente, al ritmo del país anfitrión, el funcionario inglés va despojándose de las convenciones británicas y sumergiéndose en una cultura fundamentada en el placer sensual, en un continuo intercambio de cuerpos que se le impone como lo más cercano a la felicidad. La autora imagina para este paraíso una ciudad sobre el desierto, cuyas casas están construidas íntegramente por paredes de seda, habitadas por dóciles esclavas al servicio del placer femenino y que sólo se iluminan cuando su dueño consigue llevar a su esposa a vivir allí. Todo el peso del sensualismo oriental como tópico de la literatura erótica occidental está funcionando en este relato.
Pensada dentro de la lógica de la novela epistolar, donde un narrador ubicado en el espacio del puro exotismo le envía cartas a un destinatario en la metrópolis, en un intento por explicar, metáforas mediante, la otredad, termina demostrando cuánto de convencional y rígido puede habitar, también, en aquel espacio. Las mil y una escenas eróticas que se suceden no son más que la repetición de una única escena que de tan ritualizada termina perdiendo la densidad y la dimensión trágica que constituyen, según George Bataille, el erotismo y que él definió como la experiencia de la disolución, de la pérdida de la identidad, del encuentro con la muerte.
Albert-Geoge Ruthelmeyer termina firmando sus cartas como “Albgeor”, cooptado por este otro mundo que en definitiva resulta plano, sin contradicciones, de una felicidad por momentos naïf. Quizá sea éste el punto débil de la última novela de una gran inventora de mundos posibles y de paraísos en los que las mujeres tienen siempre un lugar de privilegio.




Publicado en el diario Perfil, suplemento de cultura, el 12 de agosto de 2007