Mostrando entradas con la etiqueta Cartas publicadas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cartas publicadas. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de febrero de 2009

"Verte de lejos me haría sufrir tanto"

De una carta de amor de Leopoldo Lugones a su joven amada Aglaura:

Mi dulzura: Una gripe, probablemente preludiada por aquella delgadez que en el Círculo me habías notado, y que era la expresión de un gran cansancio precedente, me retuvo casi una semana acostado y alrededor de diez días en mi soledad, hermosa al fin por ser enteramente tuya. Excedí, pues, tu pedido, ya que el día aquél fue precisamente de los peores. Además, fuera de esa vida en la ausencia, ya no me interesa nada. Convencido de que esto es definitivo, me dejo morir. Hé aquí todo. No hablé en aquel funeral porque nadie me vio para ello. Creen probablemente que les estorbo, lo que es falso y necio a la vez, pero tampoco me interesa refutarlo. La renuncia de la S.A .D.E. fue en cumplimiento de la palabra que tenía dada para cuando la dejase instalada en su local, con sus muebles y su existencia en seguro. Aunque me rechazaron la dimisión, insistí. Pero no abrigo la mínima intención de ausentarme a Europa ni a ninguna parte. No lo haría, mientras, mientras... O mejor dicho, aunque no conserve esperanza ninguna. Hablar de asuntos teosóficos, como tú quieres, no es posible por carta; ni tampoco darte la significación de la víbora que se muerde la cola. Sería demasiado largo, explicaría mal las cosas, y tal vez incurriría sin querer en el charlatanismo que tantos estragos ha hecho, y contra el cual te prevenía al ponerte en guardia contra ciertas conversaciones. Yo no soy teósofo, sino acaso otra cosa que no es de escribir. Y a esto debo limitarme. Debo, por más que tú seas un espíritu de excepción, capaz de entenderlo todo sin necesidad de hacerlo, como dices, por el sendero del dolor. Tú perteneces a una región más alta y más pura. No leas los libritos de vulgarización de esas cosas. Son confusos o vacíos. No te dirán nada. El Elogio de Leonardo no estaba aquí cuando me lo pediste, sino donde tengo guardado el tesoro que conservo de ti. Ya verás que está todo, que nada enajené porque habría sido como tirar pedazos de mi propia vida. Mi posición en la pedana del Círculo es una espera. La única, la de mi esperanza que no quiere morir. Pero hasta hoy fue inútil. Y tal vez mejor, porque verte de lejos me haría sufrir tanto, que tengo miedo de pensarlo siquiera. Ya ves, entretanto, que obedezco tu voluntad de que no te escriba recuerdos terribles. No lo haré, pues, y la peregrinación será para mí solo, allá donde tú sabes, para estrechar mentalmente sobre mis labios y mi corazón tus piecitos queridos que me niegas. Es mucho rigor, pero no tengo derecho de quejarme. Te agradecí con toda mi alma dolorosa la florcita que me mandaste. Tiene ahora un color divino que ha tomado sólo para mí. Pero basta, como decías tú al llegar la hora de separarnos aquellas tardes. Tu carta llegó impregnada del perfume que le pusiste. Lo conserva y me entra hasta el alma con los besos que te doy allá donde pusiste remedio para los ojos. Y luego la acaricio largamente con aquella mano que hallaba en el jardín pichoncitos y perlas. Una embriaguez loca me invade como ahora mismo y la pantera se pone a rugir, solitaria, sedienta. Tanto, tanto mi amor! Mi único amor. Mi eterno amor...


Para leer la carta comepleta que Leopoldo Lugones le escribiera a su amada Aglaura, aquí.

lunes, 6 de octubre de 2008

París, viernes 6 de octubre, 1967


Mi querida: Estoy rodeado de cartas tuyas de agosto y septiembre, pero no me llegan cartas nuevas. Trato de no preocuparme, de pensar que el correo tendrá la culpa y que pronto leeré noticias recientes tuyas y de Marta. A Sieyès le dije que sí, que tu única preocupación era Marta; decirle que éramos Marta y yo, aunque más exacto, hubiese sido, también, ridículo y presuntuoso.
Hoy voy a ver una pieza de Ustinov, en el teatro des Ambassadeurs.
El té comprado es el Caravan de Ridgeways; delicioso, parecido al Saccone Speed, que ya no existe. ¿Llegaron a Buenos Aires a Usher las Vita Weat que esperábamos? Yo he de llevar unas cuantas cajas.
Sobre la fecha de mi vuelta todavía no te digo nada, porque no puedo fijarla con precisión. Están de nuevo en París los que estaban de vacaciones: La Rochefoucauld, Laffont, el director de Denoël. Si puedo iré por una semana a Italia y a Suiza. En total, París y viaje no me llevará mucho más de un mes. Vale decir que a mediados de noviembre, salgo para allá o quedo esperándolas, tal como ustedes resuelvan. Este viaje, para nosotros tan largo, para mi salud, alma, etcétera, ha sido necesario. Creo que en Buenos Aires iba por mal camino: cansancio, vejez, nervios, enfermedad. Me saqué todo eso de encima. A veces me asombro de no estar cansado. Cuando me acostaba del lado derecho, me dolía el hígado. Ahora duermo del lado derecho o del izquierdo, o como quiera, y me despierto sin dolores. Hace tiempo que no me sentía tan desentumecido y sano.
Te extraño. A.
P.D. Tengo ropa contra el frío. Un saco largo de cashmere, azul.

Publicada en Adolfo Bioy Casares, En viaje, Buenos Aires, Norma, 1996
Para más cartas de Adolfo Bioy Casares a Silvina Ocampo, aquí

viernes, 5 de septiembre de 2008

Un nuevo servicio para el sentimiento:

Diario Crítica (Buenos Aires) / Sociedad
Correo sentimental
Carolina Balducci
04.09.2008
Si querés contar tu experiencia escribile a meme@criticadigital.com ó a carolinabalducci@criticadigital.com o enviá una carta a Maipú 271, Capital Federal, CP 1084.

Querida Carolina:Mi nombre es Leticia, tengo 39 años, una profesión que me llena de satisfacciones personales, mi vida emocional ha sido intensa, me he enamorado varias veces y en este preciso instante me veo en la necesidad de aclararte que siempre había sido de chicos, de hombres, de varones, pero hace unos meses me sentí algo, bastante, confundida con una mujer. Lo hablé con varios amigos, incluso con mi psicóloga y todos coincidieron en que era algo pasajero, una necesidad de experimentar, el problema se complicó cuando esa mujer con la que estuve me presentó a su ex… sí, ya sé, esto es un quilombo, pero ahora siento que realmente estoy enamorada de su ex, y que a la vez necesito recuperar las riendas de una vida “normal”. Te confieso que mi rendimiento laboral disminuyó, estoy completamente confundida. Te pido por favor que me ayudes.
Leticia, 39. San Telmo


Querida Leticia:Hace poco leí una noticia sobre un desembarco de pollos gordos, inyectados con feromonas, unas hormonas feroces que producen en el organismo un exceso de calentura. Se vendieron todos. Por eso, lo primero que te sugiero es que revisés tu dieta, tus hábitos, para poder descartar, en tal caso, que sea la alimentación lo que te tiene así tan calenturienta. Porque lo que a vos te está pasando no es que te hayas descubierto como torti, sino que querés acostarte con cada torti que se te cruza en el camino. Y eso ya no tiene mucho que ver con ser torti sino con ser un poco puta, querida. No tiene nada de malo ser un poco puta, pero se ve que a vos te está afectando porque decís necesitar “recuperar las riendas de una vida normal”. ¿Pero qué es una vida normal, Leticia? Una vida normal es la que te satisface a vos, hasta que deja de satisfacerte. Y si ahora te sentís enamorada de la ex de tu ex amante torti, quedate allí, tratando de construir junto a ella una vida normal que, ojalá, te mantenga caliente por un largo rato.
Respuesta alternativa: pedí una licencia en el trabajo y anotate en un reality.

Publicado en Crítica Digital

jueves, 28 de agosto de 2008

Carta de San Agustín:


Agustín obispo a los muy amados hermanos encomendados a nuestro cuidado: que la salvación que está en Cristo, y la paz de la unidad y de su caridad esté con vosotros, y que vuestro espíritu y vuestra alma y vuestro cuerpo se mantengan intachables hasta la llegada de nuestro Señor Jesucristo.
Réplica a Petiliano, que pide contrarréplica
I. 1. Recordáis, hermanos, que un día llegó a nuestras manos un reducido fragmento de una carta de Petiliano donatista, obispo de Constantina , y que yo escribí a vuestra caridad lo que tenía que responder a ese pequeño fragmento. Pero después, al enviármela completa y cabal los hermanos de allí, me pareció bien contestarla desde el principio, como si estuviera en presencia de ellos; sabéis bien que siempre he querido conferir con ellos de suerte que, sin afán de pelea, tras el debate, quede a todos patente qué es lo que afirman ellos y nosotros.
Sabemos que muchos tienen en sus manos esa carta y han aprendido de memoria muchos párrafos de la misma, y piensan que él ha dicho algo válido contra nosotros. Ahora bien, si quieren leer nuestra contestación, sin duda se darán cuenta de lo que tienen que rechazar y de lo que deben aceptar. Porque las explicaciones que se dan no son de nuestra cosecha, como bien pueden comprender si quieren juzgar sin prejuicios. Todas están tomadas de las santas Escrituras y con tal fidelidad, que sólo puede negarlas quien se confiese enemigo de esos Libros.
Sobre nuestra obra, bien sé lo que pueden decir los defensores tan pertinaces de una mala causa, es decir, que yo he respondido a su carta estando él ausente, sin que pudiera oír mis palabras para contestarlas de inmediato.

(...)

Para leer completa, aquí

domingo, 17 de agosto de 2008

Carta de San Martín:

Lima, 29 de agosto de 1821.
Excmo. señor Libertador de Colombia, Simón Bolívar.
Querido general:

Dije a usted en mi última del 23 del corriente que habiendo reasumido el mando Supremo de esta república, con el fin de separar de él al débil e inepto Torre-Tagle las atenciones que me rodeaban en el momento no me permitían escribirle con la atención que deseaba; ahora al verificarlo no sólo lo haré con la franqueza de mi carácter sino con la que exigen los altos intereses de la América.
Los resultados de nuestra entrevista no han sido los que me prometía para la pronta terminación de la guerra. Desgraciadamente yo estoy íntimamente convencido o que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus órdenes, con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa.
Las razones que usted me expuso de que su delicadeza no le permitiría jamás mandarme, y que aun en el caso de que esta dificultad pudiese ser vencida estaba seguro que el Congreso de Colombia no autorizaría su separación del territorio de la república, permítame general, le diga no me han parecido plausibles. La primera se refuta por sí misma. En cuanto a la seguida estoy muy persuadido la menor manifestación suya al Congreso sería acogida con unánime aprobación cuando se trata de finalizar la lucha en que estamos empeñados con la cooperación de usted y la del ejército de su mando y que el honor de ponerle término refluirá tanto sobre usted como sobre la república que preside.
No se haga usted ilusiones, general. Las noticias que tiene de las fuerzas realistas son equivocadas: ellas montan en el Alto y Bajo Perú a más de 19.000 veteranos, que pueden reunirse en el espacio de dos meses.
El ejército patriota, diezmado por las enfermedades, no podrá poner en línea de batalla sino 8.500 hombres, y de éstos una gran parte reclutas. La división del general Santa Cruz cuyas bajas según me escribe este general no han sido reemplazadas a pesar de sus reclamaciones en su dilatada marcha por tierra, debe experimentar una pérdida considerable, y nada podrá emprender en la presente campaña. La división de 1.400 colombianos que usted envía será necesaria para mantener la guarnición del Callao y el orden en Lima.
Por consiguiente, sin el apoyo del ejército de su mando, la operación que se prepara por Puertos Intermedios no podrá conseguir las ventajas que debían esperarse, si fuerzas poderosas no llaman en la atención del enemigo por otra parte y así la lucha se prolongará por un tiempo indefinido. Digo indefinido porque estoy íntimamente convencido que sean cuales fueren las vicisitudes de la presente guerra, la independencia de la América es irrevocable; pero también lo estoy de que su prolongación causará la ruina de sus pueblos, y es un deber sagrado para los hombres a quienes están confiados sus destinos, evitar la continuación de tamaños males.
En fin, general; mi partido está irrevocablemente tomado. Para el 20 del mes entrante he convocado el primer congreso del Perú y al día siguiente de su instalación me embarcaré para Chile convencido de que mi presencia es el solo obstáculo que le impide a usted venir al Perú con el ejército de su mando.
Para mí hubiese sido el colmo de la felicidad terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general a quien América debe su libertad. El destino lo dispone de otro modo y es preciso conformarse.
No dudando que después de mi salida del Perú el gobierno que se establezca reclamará la activa cooperación de Colombia y que usted no podrá negarse a tan justa exigencia, remitiré a usted una nota de todos los jefes cuya conducta militar y privada pueda ser a usted de alguna utilidad su conocimiento.
El general Arenales quedará encargado del mando de las fuerzas argentinas. Su honradez, coraje y conocimiento, estoy seguro lo harán acreedor a que usted le dispense toda consideración.
Nada diré a usted sobre la reunión de Guayaquil a la república de Colombia. Permítame, general, que le diga que creí no era a nosotros a quienes correspondía decidir este importante asunto. Concluida la guerra los gobiernos respectivos lo hubieran transado sin los inconvenientes que en el día pueden resultar a los intereses de los nuevos estados de Sud América.
He hablado a usted, general, con franqueza, pero los sentimientos que expresa esta carta quedarán sepultados en el más profundo silencio; si llegasen a traslucirse, los enemigos de nuestra libertad podrían prevalecerse para perjudicarla, y los intrigantes y ambiciosos para soplar la discordia.
Con el comandante Delgado, dador de ésta, remito a usted una escopeta y un par de pistolas juntamente con el caballo de paso que le ofrecí en Guayaquil. Admita usted, general, esta memoria del primero de sus admiradores.
Con estos sentimientos y con los de desearle únicamente sea usted quien tenga la gloria de terminar la guerra de la independencia de la América del Sud, se repite su afectísimo servidor.

JOSÉ DE SAN MARTÍN

Para más cartas publicadas, aquí

sábado, 16 de agosto de 2008

16 de agosto de 1936:

Carta de León Trotsky a Jean Rous

La carta de León Trotski a Jean Rous está fechada el 16 de agosto de 1936 y fue enviada a Fosco (Nico di Bartolomeo) al Hotel Falcón de Barcelona, edificio requisado por el POUM. Esta carta fue interceptada y entregada a un agente de la policía política de Mussolini y fue a parar a manos del jefe de la OVRA, que la transmitió a la Sección de Asuntos Especiales Reservados. Fue encontrada por el historiador Paolo Spriano en el Ministerio del Interior italiano (Dirección General de la Polícía del estado; archivo 1920-1945). Poco después la carta se publicó por Le Monde y, también, por La Batalla, el órgano del POUM en el exilio, en enero de 1971, precedida por un comentario de Juan Andrade.

Mi querido Rous:
Adjunto una carta que usted puede -si lo juzga útil- mostrar a Nin y a los demás. Lo que digo en la carta en manera alguna es diplomático: es preciso de nuevo combinar la flexibilidad con la firmeza. Me siento atado de pies y manos. Los mejores saludos de N. [Natalia] y míos. Afectuosamente. L.T.

Queridos camaradas:
He recibido inesperadamente vuestro telegrama. Desgraciadamente, aquí puede ser interpretado como una prueba de mi participación directa en los asuntos españoles, cuando se trata -según lo interpreto yo- de la posibilidad de obtener un visado para ir a Barcelona. No es necesario decirles que sería feliz de poder hacerlo. ¿Hay posibilidad?
Sabéis la situación en que me encuentro: el ataque de los fascistas, por una parte, la declaración infame de Tass por otra parte. No sé cuál será la actitud del gobierno, que no tiene la menor idea de la infamia criminal de la pandilla de Stalin-Yagoda. Estaré, junto con Natalia, completamente dispuesto a ir inmediatamente a Barcelona. Para que el asunto acabe felizmente debe ser tratado lo más discretamente posible.
Comprenderéis muy bien que yo no puedo dar consejos desde aquí: se trata ahora de la lucha armada, la situación cambia de día en día, mis informaciones son nulas. Se habla de la desaparición de Maurín ¿Qué significa esto? Espero que no haya muerto. En cuanto a Nin, Andrade y los demás, en la actual situación sería criminal dejarse llevar por reminiscencias del período precedente. A pesar de que haya divergencias de programa y de método, incluso después de la pasada experiencia, éstas de ninguna manera han de impedir una aproximación sincera y duradera. La experiencia posterior hará el resto. En cuanto a mí personalmente, estoy absolutamente dispuesto a colaborar en La Batalla, aunque sea como un simple observador lejano.
La cuestión que más me preocupa son las relaciones entre el POUM y los sindicalistas. Me parece que sería extremadamente peligroso dejarse llevar exclusivamente, o incluso parcialmente, por consideraciones doctrinarias. Es imprescindible acercarse a los sindicalistas, cueste lo que cueste, a pesar de todos sus prejuicios. Es necesario vencer al enemigo común. Es necesario ganarse la confianza de los mejores sindicalistas durante la lucha. Estas consideraciones pueden pareceros triviales, me excuso por adelantado, pero no conozco suficientemente la situación como para poder expresar opiniones concretas. Sencillamente quisiera subrayar que antes de Octubre hacíamos todo lo posible para actuar conjuntamente, incluso con los anarquistas de pura sangre. El gobierno Kerenski intentaba servirse de los bolcheviques contra los anarquistas, Lenin se oponía encarnizadamente, solía decir que un luchador anarquista valía más que cien mencheviques titubeantes. Durante la guerra civil, que os ha sido impuesta por fascistas de la peor calaña, el mayor peligro es la falta de decisión, el ánimo tergiversador, en una palabra:el menchevismo. Lo repito una vez más: todo esto es muy vago. Hago todo lo posible para dar la mayor precisión posible a mis sugestiones, pero para esto es necesario vencer la distancia... Por mi parte, puedo prometeros mi más sincera disposición con los camaradas que están luchando, a pesar de todas las posibles divergencias. Sería una odiosa mezquindad volver al pasado cuando el presente y el futuro abren una vía común.
Intentaré desenvolverme con La Batalla con la ayuda de un diccionario. Pero no vuelvo a casa hasta dentro de cuatro o cinco días.
Mi más ferviente saludo a todos los amigos, incluso -y sobre todo- para los que creen tener razones para estar descontentos de mí.
Afectuosamente. L.T.


Publicada, con la nota introductoria, en http://www2.cddc.vt.edu/marxists/espanol/trotsky/1930s/1936_08_16.htm

Para más cartas publicadas, aquí

domingo, 3 de agosto de 2008

Antes del fin:


Carta a Pérez Celis, el artista invencible
Por Orlando Varone
Leída en Radio continental de Buenos Aires, el 9 de abril de este año

Querido amigo, ya no caben dudas, anoche fuiste invencible. Te empujaste. Y te cargaste el cuerpo largamente vulnerado durante meses y lo llevaste, empequeñecido pero con voluntad de gigante, a la exposición que en tu homenaje se hizo en el Congreso de La Nación. Sentado- porque ya no te sobran fuerzas- pediste perdón por no estar parado junto a tus amigos; y casi te pierde el sentimiento pero también le ganaste, y conseguiste dominarlo como dominás en la estética el exceso que la obra no pide. Parecías una tenue pincelada sacada de la desesperación para demostrarnos aunque no hiciera falta, que eso que está en tus cuadros no es únicamente una demostración pictórica. Ni tampoco la prueba de una destreza plástica virtuosa, sino un recurso sobrenatural de tu naturaleza. Un recurso que excede tu propia biología. Todo fue allí tuyo Pérez Celis. Tus cuadros rodeando los límites del Salón de los Pasos Perdidos, tus hijos- la actriz María José Gabin y el diseñador de arte Sergio Pérez Fernández- y tu mujer Tamara Toma. Y por esas paradojas dramáticas de la vida, vos que durante todo este último tiempo estuviste sintiendo que a tus arterias se le estaba agotando la sangre, volviste anoche a derramarla a raudales desde tu arte y desde tus ganas invencibles. Y sólo Dios sabe de dónde sacás fuerzas para sonreir y para enojarte todavía. Le reprochaste públicamente a Boca por haber descuidado los murales que pintaste en el estadio. Y reclamaste a Cavanno, el secretario de cultura del Club, que los arreglen. Tenés razón. Que arreglen las coyunturas artísticas de Riquelme. Pero que también arreglen tus murales. Y si anoche perdió Boca vos ganaste jugando con un solo hombre: con vos mismo.
Querido Pérez Celis: hasta Pinky no pudo controlar un balbuceo de desconsuelo cuando se emocionó a tu lado leyendo la carta de Alfredo Bravo- que ya no está- contando el por qué creaba este homenaje de la legislatura a un artista. A vos Pérez Celis. El diputado Macaluse te mostró su justa admiración en nombre de sus pares. María Kodama y Laura Escalada no por casualidad llegaron a abrazarte acompañadas por Borges y Piazzolla. Sé que los viste, porque te inclinaste. Sebastián Bagó, que es de Ríver y que tiene decenas de cuadros tuyos, me dijo que el otro día que fue a visitarte lo echaste porque estaba por empezar un partido y que no querías verlo junto a un hincha de Ríver. Nos reímos: tu sinceridad no está sólo en tu arte. Yo , desde un poco más atrás te miraba, tan boquense y tan argentino y me preguntaba si te das cuenta de que aún chantajeado mal por el destino estás ganando ese combate. Porque no hay enfermedad invencible que no encuentre la horma de su zapato y la estás enfrentando con la resistencia de un estoico. De un humano extraordinario, que como el mítico Ulyses quiere salir airoso de las temibles aventuras que el poeta Homero le imagina. Tus amigos pintores estaban allí. Y tus amigos no pintores. Y estaba tu vida plantada allí con la voluntad de la vida. Estarás ahora en tu casa del Bajo de Belgrano escuchando como siempre este programa: porque acompaña la etapa transitoria en que tu cuerpo te requiere con egoísmo. Esta carta es un privilegio que me ofrece el ser tu amigo. Hacé de cuenta que la escriben todos los amigos que te quieren. Aun de Ríver. Vos harías lo mismo en estas circunstancias. Cuidate. Este 29 te invito otra vez a comer los ñoquis rituales a mi casa. No traigas nada. Traete vos. Es suficiente.

Para más cartas publicadas, aquí

sábado, 2 de agosto de 2008

De una carta de Simone Weill:

Fragmento de una carta de Simone Weill a Georges Bernaros [¿1938?], publicada ayer por el blog Schlemihl, de Diego B. (www.diegobenti.blogspot.com)

"Cuando se sabe que es posible matar sin arriesgarse a un castigo ni reprobación, se mata: o al menos se rodea de noticias alentadoras a aquellos que matan. Si por casualidad se experimenta primero cierto desagrado, se calla y pronto se lo sofoca por miedo a parecer que se carece de virilidad. Hay ahí una incitación, una ebriedad a la que es imposible resistirse sin la fuerza de ánimo que me parece excepcional, puesto que no la he encontrado en ninguna parte. He encontrado en cambio franceses pacíficos, que hasta ese momento yo no despreciaba, a los que no se les habría ocurrido ir por sí mismos a matar, pero que se sumergían en esa atmósfera impregnada de sangre con un visible placer. Nunca podré sentir por ellos, en el futuro, ninguna estima".


Para más cartas publicadas, aquí
Para reseña de Carta a un religioso de Simone Weill, aquí

miércoles, 23 de julio de 2008

Hacer cosas por carta:


Buenos Aires, julio de 2008.
Señora Presidenta
de la Nación Argentina,
Dra. Cristina Fernández de Kirchner
Presente


Tengo el agrado de dirigirme a la señora Presidenta, a efectos de presentar mi renuncia al cargo de Jefe de Gabinete de Ministros con el que oportunamente me distinguiera.
Desde el 25 de mayo de 2003, fecha en que el entonces Presidente Kirchner me confió las tareas de la Jefatura de Gabinete, he puesto mi más absoluta dedicación en la convicción de que estábamos protagonizando un profundo cambio en la realidad argentina.
La certeza de que se abre una nueva instancia en su gobierno, en la cual usted pueda contar con un nuevo elenco de colaboradores para enfrentar la etapa, me impulsa a poner en su consideración mi renuncia con el sano propósito de facilitarle la selección de sus equipos de trabajo.
Reiterándole que ha sido para mí un inmenso honor haberla acompañado en la enorme tarea que afronta, la saludo con el afecto y la distinción de siempre.

Alberto Fernández

Más cartas publicadas, aquí

martes, 15 de julio de 2008

México, Julio 15 de 1956:

No soy Cristo y filántropo, vieja, soy todo lo contrario de un Cristo, y la filantropía me parece cosa de... (palabra ilegible), por las cosas que creo, lucho con toda las armas a mi alcance y trato de dejar tendido al otro, en vez de dejarme clavar en una cruz o en cualquier otro lugar. Con respecto a la huelga de hambre estás totalmente equivocada: dos veces la comenzamos, a la primera soltaron a 21 de los 24 detenidos, a la segunda anunciaron que soltarían a Fidel Castro, el jefe del Movimiento, eso sería mañana, de producirse como lo anunciaron quedaríamos en la cárcel sólo dos personas. No quiero que creas como insinúa Hilda que los dos que quedamos somos los sacrificados, somos simplemente los que no tienen los papeles en condiciones y por eso no podemos valernos de los recursos que usaron nuestros compañeros. Mis proyectos son los de salir al país más cercano que me dé asilo, cosa difícil dada la fama interamericana que me han colgado, y allí estar listo para cuando mis servicios sean necesarios. Vuelvo a decirles que es fácil que no pueda escribir en un tiempo más o menos largo.
Lo que realmente me aterra es tu falta de comprensión de todo esto y tus consejos sobre la moderación, el egoísmo, etc, es decir las cualidades más execrables que pueda tener un individuo. No sólo no soy moderado sino que trataré de no serlo nunca, y cuando reconozca en mí que la llama sagrada ha dejado lugar a una tímida lucecita votiva, lo menos que pudiera hacer es ponerme a vomitar sobre mi propia mierda. En cuanto a tu llamado al moderado egoísmo, es decir, al individualismo ramplón y miedoso, a las virtudes de XX debo decirte que hice mucho por liquidarlo, no precisamente a ese tipo desconocido, menguado, sino al otro, bohemio, despreocupado del vecino y con el sentimiento de autosuficiencia por la conciencia equivocada o no de mi propia fortaleza. En estos días de cárcel y en los anteriores de entrenamiento me identifique totalmente con los compañeros de causa. Me acuerdo de una frase que un día me pareció imbécil o por lo menos extraña, referente a la identificación tan total entre todos los miembros de un cuerpo combatiente, que el concepto yo había desaparecido totalmente para dar lugar al concepto nosotros. Era una moral comunista y naturalmente puede parecer una exageración doctrinaria, pero realmente era (y es) lindo poder sentir esa remoción de nosotros...
(Las manchas no son lágrimas de sangre, sino jugo de tomate.)

La carta completa, aquí

sábado, 21 de junio de 2008

Carta de lectores sobre una carta




Llamado de atención de un lector inquieto

He leído recientemente la muy conocida novela Antigua vida mía (Alfaguara, Aguilar Chilena de Ediciones, Santiago, Chile, 1995) de la escritora chilena Marcela Serrano. Tengo que decir que me gustó sin mucho más para agregar aunque reconozco que, por momentos, logró cautivarme. Ahora bien, mi propósito no es hablar de la novela, de su trama, de su estilo sino llamar la atención sobre un párrafo bastante extenso de la misma (pp. 175-176) que forma parte de una carta que Cayetana le envía a su hija Violeta desde Guatemala, lugar adonde ha viajado en busca de un hombre que ha conocido en Chile. Violeta, quien lleva su nombre en homenaje a la gran Violeta Parra, es una de las protagonistas centrales de la obra. Dicho párrafo coincide casi exactamente —estoy a un paso de afirmar que es el mismo—, y éste es el motivo central de la carta, con un tramo de la ponencia titulada “Dentro y fuera de la Historia” que el historiador inglés Eric J. Hobsbawm presentó en la Universidad Centroeuropea de Budapest como discurso de apertura del ciclo académico 1993-1994, tal como aparece aclarado al comienzo de la misma en su libro Sobre la historia publicado por Editorial Crítica, Barcelona, 1998, pp. 21-22. Mis dudas crecen cuando veo que el Copyright de la obra original de Hobsbawm en inglés es de 1997 —aunque es posible que esa ponencia ya tuviese una circulación importante en el mundo académico internacional al poco tiempo de ser presentada, esto es, 1993— y, paralelamente, observo que el Copyright de la 1ra. edición de Antigua vida mía es de 1995. Debo admitir que, para quienes leemos con asiduidad a Hobsbawm, el texto en cuestión, por el estilo en que está escrito, parece ser de su autoría. De todos modos, sería interesante que tanto la escritora chilena como el historiador inglés pudieran dar las correspondientes explicaciones permitiendo así echar luz sobre un tema tan espinoso como puede ser el plagio de una obra.

Juan Pablo Vivares

Publicado en edición impresa de la revista Ñ de Buenos Aires hoy mismo

Para más cartas publicadas,
aquí

lunes, 28 de enero de 2008

Carta al Señor Secretario de la Academia Española

La Libertad, 5 de enero de 1876

Al señor secretario de la Academia Española:
Ayer he tenido la honra de recibir, por conducto del señor cónsul de España residente en esta ciudad, una carta de V. S. fecha en Madrid a 30 de diciembre de 1873, acompañándome el diploma de miembro correspondiente de la Academia Española, y un ejemplar de los Estatutos y Reglamento de este ilustre cuerpo literario. Y, como al final de la muy estimada de V. S. me previene darle aviso del recibo de esos documentos, me apresuro a satisfacer los deseos da V. S. suplicándole al mismo tiempo manifestar mi más profunda gratitud, a los señores miembros de la Academia, y muy particularmente a los caballeros Segovia, Hartzenbusch y Puente Apezechea, por el favor con que han querido distinguirme considerándome capaz de contribuir a los fines de esa afamada corporación. Según el artículo primero de sus estatutos, el instituto de la Academia es cultivar y fijar la pureza y elegancia de la lengua castellana. Este propósito pasa a ser un deber para cada una de las personas que aceptando el diploma de la Academia, gozan de las prerrogativas de miembros de ella y participan de sus tareas en cualesquiera de las categorías en que se subdividen según su reglamento. En presencia de una obligación que espontáneamente se impone un hombre honrado, debe, ante todo, medir sus fuerzas, y hecho de mi parte este examen con escrupulosidad, debo declarar a V. S. que no me considero capaz de dar cumplimiento a cometido alguno de los que impone a sus miembros el citado artículo primero de los Estatutos Académicos, por las razones que someramente paso a indicar, suplicando a V. S. las reciba como expresión sincera y leal de quien no quisiera aparecer desagradecido a las distinciones y beneficios que se le hacen, mucho más cuando provienen de una corporación a la cual todo hombre culto que habla lengua castellana, tributa el respeto que se merece.

Aquí, en esta parte de América, poblada primitivamente por españoles, todos sus habitantes, nacionales, cultivamos la lengua heredada, pues en ella nos expresarnos, y de ella nos valemos para comunicarnos nuestras ideas y sentimientos; pero no podemos aspirar a fijar su pureza y elegancia, por razones que nacen del estado social que nos ha deparado la emancipación política de la antigua metrópoli.

Desde principios de este siglo, la forma de gobierno que nos hemos dado, abrió de par en par las puertas del país a las influencias de la Europa entera, y desde entonces, las lenguas extranjeras, las ideas y costumbres que ellas representan y traen consigo, han tomado carta de ciudadanía entre nosotros. Las reacciones suelen ser injustas, y no sé si en Buenos Aires lo hemos sido, adoptando para el cultivo de las ciencias y para satisfacer el anhelo por ilustrarse que distingue a sus hijos, los libros y modelos ingleses y franceses, particularmente estos últimos.

El resultado de este comercio se presume fácilmente. Ha mezclado, puede decirse, las lenguas, como ha mezclado las razas. Los ojos azules, las mejillas blancas y rosadas, el cabello rubio, propios de las cabezas del norte de Europa, se observan confundidos en nuestra población con los ojos negros, el cabello de ébano y la tez morena de los descendientes de la parte meridional de España. Estas diferencias de constitución física, lejos de alterar la unidad del sentimiento patrio, parece que, por leyes generosas de la naturaleza que a las orillas del Plata se cumplen, estrechan más y más los vínculos de la fraternidad humana, y dan por resultado una raza privilegiada por la sangre y la inteligencia, según demuestra la experiencia a los observadores despreocupados.

Este fenómeno, no estudiado todavía como merece, y que, según mis alcances, llegará a ser uno de los datos con que grandes problemas sociales han de resolverse, se manifiesta igualmente, a su manera, con respecto a los idiomas.

En las calles de Buenos Aires resuenan los acentos de todos los dialectos italianos, a par del catalán que fue el habla de los trovadores, del gallego en que el Rey Sabio compuso sus cántigas, del francés del norte y mediodía, del galense, del inglés de todos los condados, etc., y estos diferentes sonidos y modos de expresión cosmopolitizan nuestro oído y nos inhabilitan para intentar siquiera la inamovilidad de la lengua nacional en que se escriben nuestros numerosos periódicos, se dictan y discuten nuestras leyes, y es vehículo para comunicamos unos con otros los porteños.

Esto, en cuanto al idioma usual, común, el de la generalidad. Por lo que respecta al hablado y escrito por las personas que cultivan con esmero la inteligencia y tratan de elaborar la expresión con mejores instrumentos que el vulgo, cuyo uso por otra parte es ley suprema del lenguaje, debo confesar que son cortas en número, y aunque de mucha influencia en esta sociedad, tampoco tienen títulos para purificar la lengua hablada en el siglo de oro de las letras peninsulares, de que la Academia es centinela desvelado. Los hombres que entre nosotros siguen carreras liberales, pertenezcan a la política o a las ciencias aplicadas, no pueden por su modo de ser, escalar los siglos en busca de modelos y de giros castizos en los escritores ascéticos y publicistas teólogos de una monarquía sin contrapeso. Hombres prácticos y de su tiempo, antes que nada, no leen sino libros que enseñan lo que actualmente se necesita saber, y no enseñan las páginas de la tierna Santa Teresa ni de su amoroso compañero San Juan de la Cruz , ni libro alguno de los autores que forman el concilio infalible en materia de lenguaje castizo.

Yo frecuento con intimidad a cuantos en esta mi ciudad natal escriben, piensan y estudian, y puedo asegurar a V. S. que sus bibliotecas rebosan en libros franceses, ingleses, italianos, alemanes, y es natural que adquiriendo ideas por el intermedio de idiomas que ninguno de ellos es el materno, por mucho cariño que a éste tengan, le ofendan con frecuencia, sin dejar por eso de ser entendidos y estimados, ya aleguen en el foro, profesen en las aulas o escriban para el público. Hablarles a estos hombres de pureza y elegancia de la lengua, les tomaría tan de nuevo, como les causaría sorpresa recibir una visita vestida con la capa y el sombrero perseguidos por el ministro Esquilache.

Por muy independiente que me crea, incapaz de ceder a otras opiniones que a las mías propias, confieso a V. S. que no estoy tan desprendido de la sociedad en que vivo, que me atreva, en vista de lo que acabo de exponer, a hacer ante ella el papel de vestal del fuego que arde emblemático bajo el crisol de la ilustre Academia.

El espíritu cosmopolita, universal, de que he hablado, no tiene excepciones entre nosotros. Son bien venidos al Río de la Plata los hombres y los libros de España, y está en nuestro inmediato interés ver alzarse el nivel intelectual y social en la patria de nuestros mayores; pues nada tan plácido y sabroso para el espíritu como nutrirse por medio de la lengua en que la humana razón comienza a manifestarse en el regazo de las madres. Es penoso el oficio de disipar diariamente esa especie de nube que oscurece la página que se lee escrita con frase extranjera, y a este oficio estamos condenados los americanos, so pena de fiarnos a las traducciones, no siempre fieles, que nos suministra la imprenta europea.

Podría decirme V. S. que todo cuanto con franqueza acabo de expresarle, prueba la urgencia que hay en levantar un dique a las invasiones extranjeras en los dominios de nuestra habla. Pero en ese caso yo replicaría a V. S. con algunas interrogaciones: —¿Estará en nuestro interés crear obstáculos a una avenida que pone tal vez en peligro la gramática, pero puede ser fecunda para el pensamiento libre? ¿Mueven a los americanos las mismas pasiones que el patriota y castizo autor del ardoroso panfleto —“Centinela contra franceses”— impreso al comenzar el siglo, cuando la ambición napoleónica exaltaba el estro de Quintana a y el valor del pueblo ibero, contra la usurpación extranjera? ¿Qué interés verdaderamente serio podemos tener los americanos en fijar, en inmovilizar, al agente de nuestras ideas, al cooperador en nuestro discurso y raciocinio? ¿Qué puede llevarnos a hacer esfuerzos por que al lenguaje que se cultiva a las márgenes del Manzanares, se amolde y esclavice el que se transforma, como cosa humana que es, a las orillas de nuestro mar de aguas dulces? ¿Quién podrá constituirnos en guardianes celosos de una pureza que tiene por enemigos a los mismos peninsulares que se avecinan en esta Provincia?
Llegan aquí, con frecuencia, hijos de la España con intento de dedicarse a la enseñanza primaria, y con facilidad se acomodan como maestros de escuela, en mérito de diplomas que presentan autorizados por los institutos normales de su país. Conozco a la mayor parte de ellos, y aseguro a V. S. con verdad, salvando honrosas excepciones, que cuando se han acercado a mí, como a director del ramo, he dudado al oírlos que fuesen realmente españoles, tal era de exótica su locución, tales los provincialismos en que incurrían y el dejo antiestético de la pronunciación, a pesar de la competencia que mostraban en prosodia y ortología teóricas. Con semejante cuesta que subir, sería tarea de Sísifo mantener en pureza la lengua española.

A mi ignorancia no aqueja el temor de que por el camino que llevamos, lleguemos a reducir esa lengua a una jerga indigna de países civilizados. El idioma tiene íntima relación con las ideas, y no puede abastardarse, en país alguno donde la inteligencia está en actividad y no halla rémoras el progreso. Se transformará, sí, y en esto no hará más que ceder a la corriente formada por la sucesión de los años, que son revolucionarios irresistibles. El pensamiento se abre por su propia fuerza el cauce por donde ha de correr, y esta fuerza es la salvaguardia verdadera y única de las lenguas, las cuales no se ductilizan y perfeccionan por obra de gramáticos, sino por obra de los pensadores que de ellas se sirven. La prueba la dan manifiesta aquellos idiomas desapacibles para oídos latinos, idiomas pobres y mendigos de voces ajenas, que sin embargo, sirven desde siglo atrás a las ciencias y a la literatura de modo a dar envidia a los mismos que se envanecen y deleitan con la atonía de algunas de las lenguas oriundas de la romana.

Siento no poder dar forma técnica a estas generalidades. Pero la vulgaridad de la forma no impedirá a la sagacidad de V. S. penetrar en el fondo de mis palabras, y la Academia que tan ilustrada curiosidad manifiesta por conocer el estado en que se encuentra en América la materia de sus estudios, podrá tal vez sacar algún partido de la franqueza con que hablo a V. S. poniéndole de manifiesto los inconvenientes que encuentro en conciencia, para aceptar el diploma con que se me ha favorecido.

Permítame V. S. darle honradamente, otras razones para justificar la devolución del valioso diploma.

Creo, señor, peligroso para un sudamericano la aceptación de un título dispensado por la Academia Española. Su aceptación liga y ata con el vínculo poderoso de la gratitud, e impone a la urbanidad, si no entero sometimiento a las opiniones reinantes en aquel cuerpo, que como compuesto de hombres profesa creencias religiosas y políticas que afectan a la comunidad, al menos un disimulo discreto y tolerante por esas opiniones; y yo no estoy seguro de poder amañar mis inclinaciones a las de la Academia, según puedo juzgar por antecedentes que me son conocidos y por algunos artículos de su Reglamento.

Descubro ya, un espíritu que no es el mío en los distinguidos sudamericanos, especialmente de la antigua Colombia, que han aceptado el encargo de fundar Academias correspondientes con la de Madrid. Algunos de ellos me honran e instruyen con su correspondencia, y a los más conozco por sus escritos impresos. Adviértoles a todos caminar en rumbo extraviado y retrospectivo, con respecto al que debieran seguir, en mi concepto, para que el mundo nuevo se salve, si es posible, de los males crónicos que aflijen al antiguo.

La mayor parte de esos americanos, se manifiestan afiliados, más o menos a sabiendas, a los partidos conservadores de la Europa, doblando la cabeza al despotismo de los flamantes dogmas de la Iglesia romana, y entumeciéndose con el frío cadavérico del pasado, incurriendo en un doble ultramontanismo, religioso y social.

No puedo convenir, por ejemplo, en que el lenguaje humano sea otra cosa que lo que la filología y la historia enseñan sobre su formación. No puedo estar de acuerdo a este respecto, con el autor de un “Diccionario de la lengua castellana... Enciclopedia de los conocimientos útiles”, etc., que actualmente se publica en Madrid y en Buenos Aires, por entregas, bajo la dirección de D. Nicolás María Serrano. Según este caballero en la primera página de su obra, bella bajo el aspecto tipográfico y por los grabados que la acompañan, Dios nos ha dotado de la facultad preciosa del lenguaje para que le bendigamos, glorifiquemos en la tierra a fin de obtener el bien absoluto después de nuestra peregrinación en este valle de lágrimas. . ., etc.

Reducirnos a orar a Dios con la palabra y no con el pensamiento tácito, por los labios y no con la conciencia, es dar pábulo a prácticas idolátricas y caer en el materialismo del rezo de los devotos; es conducimos a imitar como lo más perfecto las prácticas ascéticas del claustro, donde se pasa la vida cantando salmos y rezando el oficio divino.

No creo que éste pueda ser el destino del hombre en esta vida. Si tal fuera, no le quedaría tiempo para estudiar la naturaleza y para encontrar en sus leyes el motivo de la adoración que la criatura racional pueda rendir al creador invisible y desconocido de tanta maravilla como la rodea.
Pongo en manos del señor cónsul de España, caballero D. Salvador Espina, el diploma de socio correspondiente que devuelvo respetuosamente suplicándole dé dirección segura a estos renglones. Al mismo tiempo tengo verdadera complacencia en manifestar mi más profundo agradecimiento a la Academia de que es y. S. intérprete, pidiéndole que con la tolerancia propia de un sabio se digne disimular los errores de que puedan adolecer los juicios que con franqueza me he atrevido a emitir.

De V. S. atento S. Servidor.

Juan María Gutiérrez

Ilmo. Sr. D. Aureliano Fernández-Guerra y Orbe, secretario accidental de la Academia Española.

Buenos Aires, diciembre 30 de 1875.


Publicado originalmente en Cartas de un porteño: Polémica en torno al idioma y a la Real Academia Española sostenida con Juan Martínez Villergas. Prólogo y notas de Ernesto Morales, Buenos Aires, Americana, 1942. Publicado en La literatura de Mayo y otras páginas críticas, Buenos Aires, Centro editor de América Latina, 1979.


Más cartas publicadas aquí

viernes, 11 de enero de 2008

No matarás. Siempre.

A propósito de los hechos acontecidos en los últimos días en la selva colombiana, se reproduce la
carta que León Tolstoi le enviara a Mahatma Gandhi.


A.M.K. Gandhi,
Johannesburg, Transvaal, Sudáfrica.


Kotschety, 7 de septiembre de 1910.


He recibido su diario “Indian Opinión” y me he alegrado de conocer lo que informa de los no resistentes absolutos. He sentido el deseo de expresarle los pensamientos que ha despertado en mí la lectura.

Cuanto más vivo -y sobre todo ahora que siento con claridad la proximidad de la muerte-, más fuerte es la necesidad de manifestarme sobre lo referente a lo que más vivamente interesa a mi corazón y sobre lo que me parece de una importancia inaudita. Es, a saber: que lo que se llama no resistencia resulta ser, a fin de cuentas, la enseñanza de la ley del amor, no deformada todavía por interpretaciones mentirosas. El amor o, en otros términos, la aspiración de las almas a la comunión humana y a la solidaridad, representa la Ley Superior y única de la vida… Y eso cada uno lo sabe y lo siente en lo profundo de su corazón (nosotros lo vemos muy claramente en el niño); lo sabe todo el tiempo en que permanece fuera del engaño, de la trama de la mentira, del pensamiento del mundo.

Esta ley ha sido promulgada por todos los sabios de la humanidad: indios, chinos, hebreos, griegos y romanos. Ella ha sido, yo creo, expresada lo más claramente por Cristo, que ha dicho en términos exactos que esta ley contiene toda la ley y todos los profetas. Pero hay más: previendo las deformaciones que amenazan dicha ley, ha denunciado expresamente el peligro de que sea desnaturalizada por las gentes cuya vida está entregada a los intereses materiales. Tal peligro radica en que se creen autorizados a defender sus intereses por la violencia, o según su expresión, a devolver golpe por golpe, a recuperar por la fuerza lo que ha sido arrebatado por la fuerza, etc. Él sabía (como lo sabe todo hombre razonable) que el empleo de la violencia es incompatible con el amor, que es la más elevada ley de la vida. Sabía que en cuanto se admitiese la violencia en un solo caso, la ley estaba, de hecho, abolida. Toda la civilización cristiana, tan brillante en apariencia, ha creado este equívoco y esta extraña contradicción flagrante, en algunos casos deliberada, pero más a menudo inconsciente.

En realidad, en cuanto la resistencia por la violencia ha sido admitida, la ley del amor queda sin valor y ya no puede tenerlo más. Y si la ley del amor queda sin valor, no hay ninguna ley, excepto el derecho del más fuerte. Así vivió la cristiandad durante diecinueve siglos. Por lo demás en todos los tiempos, los hombres han tomado la fuerza como principio guía de la organización social. La diferencia entre las naciones cristianas y las otras no es más que esto: en la cristiandad, la ley del amor había sido planteada clara y exactamente como en ninguna otra religión, y los cristianos la han aceptado solemnemente, aunque hayan considerado como lícito el empleo de la violencia y hayan fundamentado su vida sobre la violencia. De modo que la vida de los pueblos cristianos es una contradicción completa entre su confesión y la base que la sustenta. Entre el amor, que debe ser la ley de la acción, y la violencia, que está reconocida bajo formas diversas, tales como: gobierno, tribunales y ejércitos declarados y aprobados. Esta contradicción se ha acentuado con el desarrollo de la vida interior y ha llegado al paroxismo en estos últimos tiempos.

Hoy la cuestión se plantea así: sí o no. ¡Hay que escoger! O bien admitir que no reconocemos ninguna enseñanza moral y religiosa, o dejarnos guiar en la conducta de nuestra vida por el derecho del más fuerte. O bien obrar de manera que todos los impuestos cobrados por obligación, todas nuestras instituciones de justicia y de policía, y ante todo el ejército, sean abolidos.

Durante la primavera última, en el examen religioso de un instituto de jóvenes, en Moscú, el instructor religioso primero y después el arzobispo que asistía a él, han interrogado a las niñas sobre los diez mandamientos y, principalmente, sobre el quinto: “¡No matarás!”. Cuando la respuesta era exacta, el arzobispo añadía con frecuencia esta pregunta: ¿Está siempre y en todos los casos prohibido matar por la ley de Dios?”. Y las pobres niñas, pervertidas por los confesores, debían responder y respondían: “No, no siempre, pues en la guerra y en las ejecuciones está permitido matar”. Sin embargo, una de estas desgraciadas criaturas (esto me ha sido contado por un testigo visual), habiendo recibido la pregunta de costumbre: “¿Matar es siempre un pecado?”, enrojeció y dijo decidida: “¡Siempre!” Y a todos los sofismas del arzobispo, replicó inquebrantable que estaba prohibido siempre y en todos los casos matar. Eso, ya por el Viejo Testamento, en cuanto a Cristo, no solamente prohibido matar, sino hacer daño al prójimo. A pesar de toda su majestad y su habilidad oratoria, el arzobispo tuvo que cerrar la boca y la joven triunfó.

¡Sí, nosotros podemos divagar en nuestros periódicos acerca del progreso de la aviación, las complicaciones de la diplomacia, los clubs, los descubrimientos, las llamadas obras de arte, y silenciar lo que ha dicho esta joven! Pero no podemos ahogar el pensamiento, puesto que todo hombre cristiano siente como ella, más o menos oscuramente. El socialismo, la anarquía, el ejército de salvación, la criminalidad reciente, el paro, el lujo monstruoso de los ricos que no cesa de aumentar, y la negra miseria de los pobres, la terrible progresión de los suicidios; todo este estado de cosas testimonia la contradicción interior que debe ser y que será resuelta. Resuelta verdaderamente en el sentido del reconocimiento de la ley del amor y de la condena de todo empleo de la violencia. A esto responde su actitud en el Transvaal, que nos parece a nosotros en el fin del mundo y que se encuentra, sin embargo, en el centro de nuestros intereses; y es la más importante de todas las de la tierra de hoy; no solamente los pueblos cristianos, sino todos los pueblos del mundo tomarán parte en ella.

Le será tal vez agradable saber que en nuestro país, en Rusia, una agitación parecida se desarrolla rápidamente con las negaciones al servicio militar, que aumentan de año en año. Aunque débil todavía entre ustedes el número de los no resistentes y entre nosotros el de los refractarios, los unos y los otros pueden decirse: “Dios está con nosotros. Y Dios es más poderoso que los hombres”.

En la profesión de fe cristiana, aun bajo la forma del cristianismo y en la creencia simultánea de la necesidad de ejército y armamentos para las enormes carnicerías de la guerra, existe una contradicción tan manifiesta que debe, tarde o temprano –probablemente demasiado temprano- manifestarse en toda su desnudez. Entonces será preciso, o bien aniquilar la religión cristiana, sin la cual, sin embargo, el poder de los Estados no se podría mantener, o suprimir el ejército y renunciar a todo empleo de la fuerza, que no es menos necesario a los Estados. Esta contradicción es observada por todos los gobiernos, tanto por el de ustedes, británico, como por el nuestro, ruso; y por instinto de conservación, ellos persiguen a los que la descubren, con más energía que a toda actividad enemiga del Estado. Nosotros lo hemos visto en Rusia y lo vemos por lo que publica su periódico. Los gobiernos saben muy bien dónde está el más grave de los peligros que amenaza, y no son solamente sus intereses los que ellos protegen tan vigilantes. Ellos saben que combaten por el ser o no ser.


León Tolstoi


Publicado en Cuentos populares (II), Buenos Aires, Longseller, 2004