lunes, 16 de febrero de 2009

"Verte de lejos me haría sufrir tanto"

De una carta de amor de Leopoldo Lugones a su joven amada Aglaura:

Mi dulzura: Una gripe, probablemente preludiada por aquella delgadez que en el Círculo me habías notado, y que era la expresión de un gran cansancio precedente, me retuvo casi una semana acostado y alrededor de diez días en mi soledad, hermosa al fin por ser enteramente tuya. Excedí, pues, tu pedido, ya que el día aquél fue precisamente de los peores. Además, fuera de esa vida en la ausencia, ya no me interesa nada. Convencido de que esto es definitivo, me dejo morir. Hé aquí todo. No hablé en aquel funeral porque nadie me vio para ello. Creen probablemente que les estorbo, lo que es falso y necio a la vez, pero tampoco me interesa refutarlo. La renuncia de la S.A .D.E. fue en cumplimiento de la palabra que tenía dada para cuando la dejase instalada en su local, con sus muebles y su existencia en seguro. Aunque me rechazaron la dimisión, insistí. Pero no abrigo la mínima intención de ausentarme a Europa ni a ninguna parte. No lo haría, mientras, mientras... O mejor dicho, aunque no conserve esperanza ninguna. Hablar de asuntos teosóficos, como tú quieres, no es posible por carta; ni tampoco darte la significación de la víbora que se muerde la cola. Sería demasiado largo, explicaría mal las cosas, y tal vez incurriría sin querer en el charlatanismo que tantos estragos ha hecho, y contra el cual te prevenía al ponerte en guardia contra ciertas conversaciones. Yo no soy teósofo, sino acaso otra cosa que no es de escribir. Y a esto debo limitarme. Debo, por más que tú seas un espíritu de excepción, capaz de entenderlo todo sin necesidad de hacerlo, como dices, por el sendero del dolor. Tú perteneces a una región más alta y más pura. No leas los libritos de vulgarización de esas cosas. Son confusos o vacíos. No te dirán nada. El Elogio de Leonardo no estaba aquí cuando me lo pediste, sino donde tengo guardado el tesoro que conservo de ti. Ya verás que está todo, que nada enajené porque habría sido como tirar pedazos de mi propia vida. Mi posición en la pedana del Círculo es una espera. La única, la de mi esperanza que no quiere morir. Pero hasta hoy fue inútil. Y tal vez mejor, porque verte de lejos me haría sufrir tanto, que tengo miedo de pensarlo siquiera. Ya ves, entretanto, que obedezco tu voluntad de que no te escriba recuerdos terribles. No lo haré, pues, y la peregrinación será para mí solo, allá donde tú sabes, para estrechar mentalmente sobre mis labios y mi corazón tus piecitos queridos que me niegas. Es mucho rigor, pero no tengo derecho de quejarme. Te agradecí con toda mi alma dolorosa la florcita que me mandaste. Tiene ahora un color divino que ha tomado sólo para mí. Pero basta, como decías tú al llegar la hora de separarnos aquellas tardes. Tu carta llegó impregnada del perfume que le pusiste. Lo conserva y me entra hasta el alma con los besos que te doy allá donde pusiste remedio para los ojos. Y luego la acaricio largamente con aquella mano que hallaba en el jardín pichoncitos y perlas. Una embriaguez loca me invade como ahora mismo y la pantera se pone a rugir, solitaria, sedienta. Tanto, tanto mi amor! Mi único amor. Mi eterno amor...


Para leer la carta comepleta que Leopoldo Lugones le escribiera a su amada Aglaura, aquí.

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